La noche, en principio, había sido de lo más tranquila. Arthur estaba tumbado en el colchón que tenía por cama en el suelo junto a Sarah, su pareja, por así decirlo. La chica a esas alturas estaba durmiendo plácidamente, o al menos todo lo plenamente que se podía dormir cuando cada minuto de tu vida peligra por el mero hecho de existir y más aún sumándole una grave enfermedad contraida por los disturbios que sufría el mundo. De vez en cuando el hombre podía oir la respiración de la joven un poco agitada, como si le faltara el aire, pero ella no se despertaba. En mitad de una tenue oscuridad apenas iluminada por una leve llamita de un farol de aceite que encontró tiempo atrás, la miraba con ojos apenados. Sentía una enorme y profunda lástima por la joven, pues era precisamente joven y con creces, en todos los sentidos. Era inocente, pura y confiada hasta cierto punto. Lo que vulgarmente muchos idiotas románticos llaman una chispa, un halo de luz en mitad de una cegadora tiniebla insondable. Para Arthur, no era del todo así. Era su pareja, sí. La quería por supuesto, pero sentía como dentro de él su corazón se cerraba en torno a un alambre de espino para no sufrir por su eventual pérdida. Aún así, le costaba imaginar un nuevo día sin su compañía. Tras muchos e incansables esfuerzos por no sentirse falto de contacto humano, el convivir con ella día a día durante unos años había logrado hacer un ápice de mella en él. Toda esa amalgama de pensamientos era una nube de ruido incesante que no le permitía conciliar el sueño con facilidad, pero mirándola, en silencio, poco a poco sentía que sus ojos se venían abajo. Hasta que oyó el estruendo.
Como un vendabal, Arthur se levantó de la cama despertando a Sarah debido a su celeridad. El hombre se armó velozmente con un revólver que guardaba bajo el colchón y lo amartilló para preparar el primer disparo para posteriormente entregárselo a Sarah -Toma, rápido- le indicó.
-¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?- preguntó la chica alterada, irrremediablemente medio dormida.
-Alguien ha entrado- dijo mientras salía velozmente a girar la esquina que daba a la entrada de la casucha que se había montado con sus propias manos. Allí, en la oscuridad, había un enorme saco que había llenado de tierra y piedras para colgarlo posteriormente del techo, atado a una cuerda que habría sido accionado al cerrarse el cepo en torno a la pierna del desconocido que se había atrevido a entrar -¿Quién va?- preguntó Arthur, gruñendo, acercándose al saco para apartarlo y descubrir al transgresor. No se sorprendió demasiado al ver a una joven con pocas pintas de peligro aturrullada tras el impacto del saco y con la pierna sangrando debido al cepo. Se dolía profusamente, como Arthur planeó. Poco le importó al hombre que fuera una mujer, su edad o lo herida que estuviera. Con el ceño fruncido y bufando como un toro lleno de furia, se dejó caer lentamente sobre ella.
-Me duele- se quejó la chica, apretando los dientes.
-¿Sí?- gruñó Arthur -Pobrecita- con fingido tacto, le tomó la cabeza por la nuca para levantársela un par de centímetros -Déjame que te ayude- acto seguido, le lanzó un enorme puñetazo a la cara a la par que soltaba su cabeza, de manera que esta, al recibir el impacto, restallara de vuelta contra el suelo agravando el daño. Tal fue el golpe que no le nació siquiera un grito a la chica.
-¡Jack!- le llamó Sarah, que miraba la escena consternada -¡No, para!-
-Le voy a enseñar a esta zorra a por qué no debe entrar en casas ajenas...- de nuevo, Arthur, falsamente llamado Jack ante desconocidos, volvió a repetir el proceso. Bastó un segundo puñetazo para que una marca morada se empezara a discernir en la piel de la chica, en el pómulo izquierdo bajo el ojo. Desorientada y entumecida por los golpes, Nora se quedó inmóvil en el suelo cuando Sarah apartó a Arthur a la fuerza de la inmóvil allanadora.
-¡Basta, por favor!- tosió la joven Sarah por el esfuerzo -Por favor...-
-Es una asaltadora- rugió Arthur -Es nuestra casa, Sarah. No puedo dejarla vivir-
-Es una chica joven. Seguramente tiene hambre ¡Por favor no le hagas más daño!-
-No hago excepciones, Sarah-
-¡Hazlo por mí!- suplicó -Al menos sueltale el cepo, no soporto... verle la pierna así. Mucha sangre- añadió a la súplica. Arthur bufó pesadamente y contempló por un instante a la incapacitada asaltadora que apenas movía la cabeza tratando de reubicar su mente.
-Está bien...- movido por la molesta compasión que siempre le despertaba Sarah, Arthur abrió el cepo y lo desarmó, apartándolo a un lado. La pierna de Nora sangraba profusamente y la herida era lo bastante severa como para asegurar que no iba a huir a ninguna parte.
-Ponle esto- Sarah entregó a Arthur unas vendas viejas. El hombre identificó que eran de su suministro personal.
-Estás de broma ¿Qué mosca te ha picado, mujer? Esto es nuestro-
-Por favor- pidió de nuevo. Esa era la razón, pensaba Arthur. Esos ojos, ese rostro de ángel castigado en el infierno. Maldita fue la hora en la que decidió llevarla con él y darle cobijo. En la que permitió que ella lo viera como su pareja. En la que dejó que ella pudiera sacar lo poco de humano que quedaba de él.
-Maldita seas...- Arthur tomó las vendas y comenzó a colocarlas en torno a la pierna de Nora, que parecía espabilar por momentos.
-Eres un encanto- sonrió apagada Sarah.
-Y tú un incordio- ante las palabras de Arthur cualquiera se habría sentido ofendida, pero Sarah no. Sabía que él era así. Sabía que se estaba quemando por dentro por perdonarle la vida a la asaltadora y eso ella lo valoraba: que lo hiciera por ella, porque se lo pedía. No había ni una sola persona en el mundo a parte de Sarah a la que Arthur hiciera caso, ni aunque suplicasen.
-¿Hola?- Sarah se inclinó un poco sobre la confusa Nora, apartándose el cabello de la cara con un gracioso gesto para que no se lo tapara -¿Me oyes?- Nora movía la cabeza de un lado a otro, empezando a sentir el dolor de los golpes en el rostro tras la conmoción.
-¿Qué...?- llegó a mascullar.
-¿Por qué has entrado en nuestra casa? ¿Tienes hambre?-
-No contestes por ella- le recordó Arthur.
-Déjame a mí, por favor-
-Yo... Auch...- Nora se llevó una mano a la cara, dolorida. Luego gritó de dolor cuando Arthur cerró la venda con fuerza en torno a las heridas de la pierna. Lo hizo queriendo, para terminar de espabilar a la saqueadora. La reacción natural de Nora fue agitar las piernas y terminó por patear a Arthur, desestabilizándolo y arrojándolo al suelo.
-¡Cálmate, cálmate! Ha sido solo la herida- indicó Sarah.
-¿La herida?- gruñó Arthur poniéndose en pie -Debería cortarle las piernas y ahorrarnos estos problemas-
-¿Me oyes mejor ahora?- preguntó Sarah viendo como Nora se incorporaba lentamente, sentándose en el suelo aún con las manos en la cara. Sentía cómo el habitáculo le daba mil vueltas en círculos entre todo lo sufrido en apenas un minuto. La espalda le dolía horrores debido al saco de tierra y piedras, la cabeza por los golpes y la pierna ardía por la herida -¿Estás mejor?- Sarah cometió el error de apoyar su mano en el hombro de Nora, que la hizo saltar como un resorte. Mostrando fortaleza, más de la que esperaban de una chica como ella, se puso en pie a pesar de la pierna y la conmoción. Sarah retrocedió debido a la repentina reacción de la chica y Arthur la agarró de los brazos para que no se moviera.
-Quieta ahí ¿Dónde coño crees que vas?-
-Sueltame- ordenó Nora, mirando a Arthur aún sin dibujar del todo bien su rostro.
-¿Vienes sola? ¿Viene alguien más contigo?- la zarandeó violentamente.
-¡Que me sueltes, joder!- haciendo acopio de fuerza, Nora se zafó de Arthur. El hombre no tuvo tiempo de admitir que subestimaba la fuerza de la chica. A juzgar por ello, no era una ladrona ocasional. Debía de llevar una vida bastante ajetreada para poder reaccionar así.
-¡Ven aquí, joder!- debido a que la casucha de Arthur no era demasiado grande, apenas tuvo que estirar el brazo para agarrarla de nuevo antes de que tratara de abrir la puerta y tratar de marcharse. Al sentir el brazo de Arthur, la chica volvió a agitarse. Ambos forcejearon un instante ante la perpleja mirada de Sarah, que no reparó en que con los aspavientos de los brazos de la chica, golpeó sin querer una de las lamparillas de aceite con la que iluminaban la casa. Debido a la gran cantidad de madera con la que estaba hecha la casa y trapos que usaban para diversas cosas, el fuego no empezó a extenderse en cuestión de segundos. La pelea de ambos contendientes cesó al instante -Mierda... Mierda, mierda, mierda-
-¡Jack!- clamó Sarah.
-¡Sal! ¡Sal afuera, vamos!-
-Pero...-
-¡Fuera!- Arthur empujó a Sarah hacia fuera y también a la desconocida -¡Que no se vaya!- para asegurarse, a la vez que empujaba a Nora, le dio una patada en la herida para que no pudiera mantenerse en pie durante un instante, haciéndola gritar. Acto seguido, Arthur intentó en vano conseguir salvar algunos útiles como armas, medicinas o comida, pero fue imposible. El hogar era demasiado pequeño y además contaba con explosivos guardados que no tardarían en estallar, de manera que tuvo que salir de inmediato y custodiar a Sarah y a la herida Nora hasta unos cuantos metros de distancia. En apenas un minuto, la casa estalló en pedazos en una enorme bola de fuego debido a los explosivos y la polvora de las municiones. El silencio se rompía solo por el furioso crepitar de las llamas del incendio.
-Dios...- musitó Sarah
-Mi casa... mis armas... mis suministros...- balbuceó Arthur, con el rostro macilento y mirada perdida. Los quejidos de Nora por el dolor de su pierna fue suficiente para sacarlo de su estupor, haciendo que la mirara -Voy a matarte, pequeña hija de puta. Te voy a hacer pedazos con mis propias manos-
-¡Para, para!- Sarah lo detuvo, poniéndose ante Nora -Está herida y ha sido un accidente. De no haber sido por el forcejeo...-
-¡De no haber intentado allanar nuestra casa y robarnos o sabe Dios qué intenciones traía!-
-Pero...-
-¡Se acabó, Sarah!- rugió -Basta de ser hermanitas de la caridad ¡Si no disparas antes, te disparan!- Sarah bajó el rostro. No le gustaba que Arthur le gritara. Estaba acostumbrada a verle de mal humor y sabía las cosas horribles que hacía cuando salía a realizar sus "trabajos", pero a ella siempre la trataba bien. No quería ser una más, una simple y sencilla persona a la que despreciar.
-Levanta las manos...- se oyó de pronto tras Sarah. Ambos miraron a Nora para ver que esta empuñaba una pistola.
-Lo sabía...- gruñó Arthur
-¡Las manos...!- exigió la ladrona armada, protegiéndose más que tratando de hacerles daño. Era necesario encañonarlos si quería huir, aunque con la pierna así...
-Eh, no vamos a hacerte daño. Baja el arma- indicó Sarah.
-Y una mierda...-
-Déjalo, Sarah- masculló Arthur.
-Vamos...- insistió Sarah.
-Que no te acerques, coño- debido al movimiento de Sarah, Nora trató de ponerse en pie por completo para comenzar a alejarse, pero el dolor de la pierna aún mezclado con algo de dolor de espalda y de cabeza le hicieron mella. A Sarah le dio tiempo de desarmarla en ese preciso instante, agarrando la pistola y empujando el cuerpo de la chica con el hombro. Era joven, inexperta y estaba enferma, pero vivía con un buen maestro que le había enseñado a protegerse de forma básica contra atracadores inexpertos. Afortunadamente, la mayoría solía ser gente desesperada que no tenía ni idea de cómo usar la prudencia. En el caso de Nora, realmente tuvieron suerte de que estuviera herida.
Al caer esta y la pistola reposar en el poder de Sarah, Arthur suspiró y se acercó a la ladrona para pisarle furiosamente la pierna herida, haciéndola gritar de agonía.
-¿Ibas a disparar? ¿Te atreves a apuntarnos después de jodernos la vida, maldita desgracia humana?- aplastó aún más con la bota la herida de Nora. La venda se llenó de sangre al punto de que empezó a calar. Esta vez Sarah no podía hacer nada ¿Con qué cara le pedía clemencia a Arthur si los había encañonado y acababan de perder la casa? La escena estaba tristemente iluminada por el mar de llamas que rugía a metros de ellos -Voy a disfrutar despedazándote- dijo con ganas y cierta alegría. Tenía una inmensa necesidad de desquitarse, pero entonces a Sarah se le ocurrió una idea.
-¿Y si le sacamos partido en lugar de matarla?-
-¿Otra vez con tu piedad? He dicho que se acabó- Arthur la señaló con el dedo, acusador.
-No es piedad. Es solo... que viva nos vale más que muerta- Sarah encogió ligeramente los hombros. No estaba en su personalidad discutirle a nadie. Menos aún a Arthur.
-Valor...- Arthur miró a Nora. La estudió detenidamente. Juzgándola con ojos de hombre, debía admitir que era guapa pese a estar sucia y ensangrentada. Y bajo la ropa se adivinaba un cuerpo bastante atractivo. De hecho, pocas veces o casi nunca había visto a una mujer tan bien cuidada. Tan hermosa a nivel físico -Quizá tengas razón... Podemos sacar bastante por ella-
-Claro. No es necesario arrebatar más vidas. Al menos no delante de mí...- suspiró Sarah.
-En ese caso...- Arthur se apartó de Nora y se acercó a las llamas. La explosión había regado retazos de lo que fue su hogar que aún no habían comenzado a arder. Afortunadamente para el hombre, pudo encontrar un pedazo de soga con la que colgaba el saco en la entrada. Le serviría para amarrar los brazos de la chica, de manera que no pudiera intentar ninguna tontería. Además, debían darse prisa. Mientras la ataba, Sarah puso una mano sobre el hombro de Arthur
-¿Lo oyes?- preguntó en baja voz. Arthur aguzó el oído. Hasta Nora lo hizo pese al enorme dolor. La explosión, las voces y los gritos de dolor de la ladrona habían llamado la atención de indeseables. Gañidos, gruñidos y siseos se oían cada vez más fuerte en las oscuras arboledas y horizontes nocturnos.
-Mierda. Vamonos- ordenó Arthur -En pie, muñeca- dijo obligando a Nora a ponerse en pie pese al dolor de la pierna acrecentado por la violencia del hombre -Vamos a Deadman Shore Capital- dijo a Sarah -Con suerte podremos encontrar a Diablo allí- Sarah asintió, imaginándose lo que Arthur planeaba. Pese a la herida de Nora, se pusieron en marcha con celeridad. La muerte les acechaba incansable en la oscuridad.
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