El jaleo de la cantina quedó ligeramente opacado al caminar hacia una tienda de campaña grande, bien provista, pero demasiado cercana al gentío que se concentraba en Deadman Shore Capital.
Nora no podía evitar mirarlo todo con demasiada atención. No sentía pánico por lo que pudiese ocurrirle en aquel momento, pues confiaba tanto en sí misma como en Jacob, quien de seguro a aquellas alturas ya habría enviado a un grupo de hombres a buscarla. A fin de cuentas, incluso allí podría encontrar a su contacto, aquella tal Lane. Sin embargo, aquel ambiente que rodeaba a la ciudad le daba mala espina. Era como si la escena que sus ojos contemplaban hurgara desde el primer momento en sus recuerdos más escondidos y borrosos de su cabeza. Y sabía, por las sensaciones que aquellos recuerdos le despertaban, que aquel no podía ser un buen lugar.
Diablo extendió los brazos para hacer alarde de la intimidad que la tienda ahora les daba a todos. Al fin y al cabo, era Jack quien había pedido hablar a solas. Era sorprendente, sin lugar a dudas, que un par de personas que convivían en distintos núcleos fuesen capaz de hablar y tratar sin apuntarse con la pistola y saquearse mutuamente. O al menos así lo percibía la chica.
— Por favor, tomen asiento — pidió el hombre, haciendo alarde de una caballerosidad que, a todas luces, debía ser fingida. Su olor a alcohol y sus miradas intencionadas le delataban.
— No venimos a tomarnos unas copas, vengo a que me devuelvas el favor y nada más — insistió Jack.
— Oh, sí. El favor — sonrió de forma forzada Diablo. — Tú dirás.
— Queremos un lugar en el que refugiarnos Sarah y yo. Y no hablo de un lugar cualquiera. Quiero un sitio seguro, uno donde el tránsito de supervivientes, cazadores y quien demonios sea, sea nulo — exigió. Por un momento, Diablo pareció tomarle en serio. Sin embargo, tras varios segundos, comenzó a partirse de risa.
— ¿Tu te crees que si existiera un lugar así yo seguiría aquí?
— Claro que sí. Aquí tienes trabajo, alcohol y a quien quieras follarte. En un lugar como el que te pido solo tendrías soledad. Y no te hagas el loco, porque me juego el cuello a que conoces cada rincón de esta zona — insistió, apuntándole con el dedo. — Me lo debes — añadió una vez más. El hombre, cuyos cabellos eran tan oscuros como las castañas a conjunto con su piel bronceada, suspiró. Se colocó las manos sobre las caderas y y meditó.
— Conozco un lugar así, pero no creo que eso pueda pagarse con un favor cuyo precio es la vida. Ese sitio vale mínimo un par de vidas salvadas— sonrió con burla.
— No me toques los cojones, Diablo.
— Ay, no mames. Estaba bromeando. Pero para decirte donde está ese sitio, si que quiero algo más a cambio. Sólo un pequeño trato, pequeñito — apuntilló. — ¿Cuanto vas a pedir por esa diablita? — preguntó, apuntando con el mentón hacia Nora. Ésta, abrió los ojos como platos. Daba por hecho que Jack quería ponerle precio a su vida, pero no había contado con la posibilidad de que se deshiciera de ella tan rápido.
— Mínimo dos armas. Al menos una tendrá que ser de fuego. Y algo de comida y medicina — respondió sin tapujos.
— Y una mierda — se sumó Nora. — Ni te atrevas a venderme. No me merezco esto.
— Pero si tiene la lengua suelta — murmuró Diablo. Se acercó a paso lento hasta la chica, a quien rodeó mientras la estudiaba. — Pero está herida, que pena. Heridas no trabajan bien ¿Sabes? — suspiró. — Te doy por ella seis balas. No vale mucho más.
— Ni hablar. Esta malnacida va a pagarme las pérdidas que me ha ocasionado. Puedes meterte las seis balas por donde te quepan.
— ¡Venga ya, Morgan! ¡Por los viejos tiempos! ¿No? — Sin previo aviso, Nora escupió al suelo. Su papel de mujer buena y perdida se alejó un poco conforme lo hacía, componiendo una cara de asco e ira dignas de una mujer que valoraba su dignidad y su integridad por encima de todo lo demás. Una cosa era ponerse en peligro, sacrificar su vida por pagar sus deudas... pero que comerciasen con ella... otra vez... eso sí que no.
— Que os den a los dos, capullos — volvió a escupir. Diablo alargó su mano en un abrir y cerrar de ojos, tomando la mandíbula de Nora y obligandola a mirarle con cierta violencia. Lo peor fue que sus dedos rozaron la zona inflamada por el golpe que tenía en la mejilla. La sensación fue similar a darse de bruces contra una vara de acero candente.
— Mira que ojos, una mezcla de azul y verde preciosa. Hacía tiempo que no veía unos ojos tan bonitos por aquí — meditó. — Una caja de munición, por los ojos bonitos.
— Ya te he dicho que no — volvió a decir Jack. — Dos armas, comida, medicinas y el refugio.
— ¡¿Como puedes valorarla con tanto coste?! ¿Qué tiene? ¿Cuatro tetas? — volvió a carcajearse. — ¿Me las enseñas? — Diablo hizo el horrible intento de llevar sus manos hacia la ropa de Nora con intenciones de desnudarla. Sin embargo, se encontró con el atenazante dolor de una patada directa a la entrepierna. Nora atacó con la pierna sana, claro. Pero tener que apoyarse sobre la pierna herida la desestabilizo e hizo que cayese al suelo. — Puta peleona — gruñó el hombre, sin apenas aliento y encogido por el dolor.
— ¡Vuelve a tocarme un pelo y te mato! — le gritó. — ¡Y tú, vuelve a ponerme precio y te juro que...!
— Como me ponen peleonas... Ven aquí — Diablo se lanzó sobre la chica. Estaba ligeramente desatado, aunque no perdía el tono burlón. Para él todo parecía ser gracioso, cómico y banal. Como si pudiese conseguir lo que quisiera con unas risas. Por suerte, aquella vez no iba a ser el caso. Jack agarró al hombre de la chaqueta para apartárlo de forma rápida. Incluso Sarah ayudó. — ¡Oh, venga ya! Te doy un arma de fuego, Morgan. Mi ultima pinche oferta, maldito joto. Sólo es un polvo, no la quiero para siempre.
— Sarah, llévatela de aquí. Llevas la pistola ¿No? — La chica asintió. — Coge la soga y sal. No pases cerca de la cantina. Mantente cerca sin más y no le hables de nada ¿Entendido? No tardaré mucho. Sólo necesito que este tío empiece a pensar con claridad y me escuche de una vez — terminó por decir. De mientras, Diablo se quejaba con sencillas protestas que fueron interceptadas con palabras malsonantes que Nora no pudo evitar lanzar sin parar. Al final, Sarah obedeció y en apenas unos minutos el ambiente se relajó.
Aún fuera de la tienda, no pudieron bajar la guardia. Deadman Shore estaba más transitada de lo que Nora pudo llegar a pensar en un primer momento, de forma que dar con Lane iba a ser algo extraordinariamente difícil en aquellas condiciones.
Ambas mujeres se sentaron sobre unos barriles junto a lo que parecía ser un vertedero. Apestaba, pero ¿qué no apestaba en aquellas circunstancias? Nora bufaba sin parar. Sus planes empezaban a descontrolarse como nunca lo habían hecho, y cuanto más tiempo pasaba incumpliendo su misión, peor se sentía. Eran un par de malnacidos... ¿Cómo no podía quitárselos de encima?
— Oye... yo no quiero venderte. No así... ¿Comprendes? — musitó Sarah. Que hablara le tomó por sorpresa. O era una mujer poco obediente, o los remordimientos la estaban matando por dentro. — Me refiero a que... éste mundo es así ¿No? Tenemos que sobrevivir. Pero cuando propuse venderte me refería a un asentamiento, a alguien que necesitara mano de obra, no para...
— ¿Eres tan ingenua? ¿De verdad? — A Nora se le escapó la crudeza en las palabras. ¿Cómo podía llegar a pensar que una mujer podía ser vendida para algo que no fuera sexo? ¿En qué mundo vivía?
— Lo siento — agachó la cabeza avergonzada. — Sé lo que tienes que estar sintiendo. A mi secuestraron hace un par de años. Quisieron venderme, pero... Jack no lo permitió. — Escuchar aquellas palabras de una desconocida no debía haber hecho ningún tipo de mella en Nora, sin embargo, que alguien pudiese llegar a comprenderla, aunque fuera una mujer estúpida, le hizo sentir algo muy raro.
— Qué suerte — comentó de forma irónica.
— Sé que no querías prenderle fuego a la casa. Lo vi. Lo hiciste sin querer y no te odio por ello. Pero Jack no tiene tanto a razones como yo ¿Sabes? Bueno, ya lo has visto con tus propios ojos. — tragó saliva. — Lo siento, de verdad.
— Si de verdad lo sientes, desátame. Déjame que me vaya. Suelta esa soga y me iré. No volverás a saber más de mi — pidió Nora. Encaró a Sarah con determinación, de tal forma que ésta última se sintió inquieta e incluso amenazada.
— No... no voy a hacerlo — aseguró. Parecía que le costaba soltar aquellas palabras. — Tenemos que comer.
— Por favor, Sarah.
— No puedo. Por favor, no insistas — rogó poniéndose en pie. Pero al hacerlo comenzó a toser. Al principio pareció algo normal, pero la tos no desapareció. Tosió con esfuerzo, como si tuviese algo en el pecho. Casi se estaba quedando sin aire. A Nora le pareció tan extraño que se puso en pie sin comprender. — No... no puedo respirar... — intentó decir la chica. Y entonces, tosió sangre.
— Estas enferma — susurró Nora, comprendiendo la gran verdad que se abría ante sus ojos. Sarah estaba enferma, como muchos otros antes lo habían estado a causa de la situación del mundo, como todos lo estaban. Pero ella lo estaba más, como aquellos casos en los que gente joven moría, en los que sus cuerpos no soportaban la podredumbre, el ambiente tóxico y la polución.
Sarah ya no tenía fuerzas. La chica podría dar un tirón a la soga y salir corriendo. Allí, en aquel preciso instante, la oportunidad de escapar se le presentó sin verla venir. Pero no correría sin más. No sería tan estúpida... Tenía un plan.
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