En la soledad de su habitación, Nora se abrochó los cordones de los zapatos. Las botas raídas que vestía desde hacía años estaban algo agujereadas por las puntas, aunque no lo suficiente como para dejar sus calcetines al descubierto. Supuso que a la vuelta pediría a Jacob un par nuevo. Por suerte, no necesitaba nada más.
Al ponerse en pie y mirarse en el espejo alargado y quebrajado que tenía colgado en la pared, descubrió su figura duplicada tantas veces como rajas contenía el cristal. Su semblante serio era tan frío que rivalizaba con el clima exterior, y su cara estaba tan blanca que parecía nieve. ¿A caso estaba nerviosa? Hacía ya varias semanas que no salía a buscar suministros, y a veces, el bajar la guardia le jugada malas pasadas. Sentía que cada día que pasaba el mundo podía llegar a ser más peligroso, de modo que estaba totalmente segura de que cumplir con la misión sin correr riesgos iba a ser, de nuevo, imposible. Sin embargo, por Jacob estaba dispuesta a hacerlo todo. Y más.
Tomó su abrigo de color verde, forrado en su interior de pieles que hacía ya unos años habían podido encontrar, y tras colocárselo, tomó del suelo la vieja mochila que portaba hasta donde su mente recordaba. Estaba llena de parches cosidos por ella misma, así como manchas de a saber qué. Pero prefería no perderla porque era lo único que le quedaba de lo que una vez fue. Algo así como un aviso constante de lo que había perdido y a la vez ganado con el paso de los años. Un recuerdo para no fallar.
Al salir de la habitación, se topó con un grupo de hombres que charlaban despreocupadamente. Los conocía desde hacía mucho tiempo, así que cuando todos le lanzaron una miradas cargadas de desagrado, no le extrañó. Le tenían envidia desde que Jacob ordenó que se construyese una cabaña más entre todas las que ya ocupaban el pequeño recinto en el que se escondían. Se la había ganado, por supuesto. Había trabajado más que ningún hombre, incluso cuando aún no tenía la experiencia para hacerlo. Había traído suministros, alimentos y medicinas para todos en innumerables ocasiones, por lo que fue recompensada con la privacidad y la intimidad que una habitación para ella sola podía proporcionarle. Y claro que no había espacio para todos, así que muchos seguían durmiendo pegados a otros, sobre colchones apilados en el suelo.
— ¿A donde vas, Nora? — preguntó uno de ellos. Los pasos del grupo se oyeron a espaldas de la chica mientras la seguían cuando ella ya había pasado de largo.
— A trabajar. Jacob quiere más reservas, por lo que pueda ocurrir — informó ella sin más, sin detenerse. La puerta que separaba al escondite del bosque en el que habitaban estaba cerca, construida por vallas metálicas que se desplazaban con fuerza bruta, para evitar visitas indeseadas.
— ¿Tú sola? ¿Otra vez? —preguntó otro de ellos, de forma que la mujer comenzó a exasperarse. —
— Si tienes alguna queja, ya sabes a quien tienes que decírselo — cortó de forma tajante. — Ahora, abrid la puerta. Un par de hombres se adelantaron hasta llegar a la misma. Haciendo acopio de fuerza, e incluso en una especie de demostración, consiguieron que la puerta se desplazase tras emitir un sonido chirriante, metálico y desagradable que hizo que todas las aves de la zona volasen espantadas.
— Tranquila, tampoco me muero de ganas de que los latentes me alcancen — se burló el primero.
— Vas lejos ¿Verdad? — preguntó uno de los que movieron la puerta — Jacob quiere empezar a sobrepasar los límites que teníamos hasta ahora. Toca jugarse la vida ¿eh? — insistió en tono burlón.
— Una lástima que no estemos para ayudarte.
— ¿A caso creéis que necesito vuestra ayuda? — preguntó con desagrado. — Creo que Reed os está comiendo la cabeza más de la cuenta,
— Bueno, al fin y al cabo, tu ya no eres una niña. ¿Como te lo estás montando últimamente? ¿Te pones de rodillas antes de robar? — aquel comentario hizo que todos comenzasen a carcajearse sonoramente. — ¿Haras favores para metértelos en el bolsillo? — insistieron. — ¿Me harías uno a mi? — No se lo pensó dos veces antes de estampar su codo en el costado de aquel capullo. Estaba más que acostumbrada al desprecio, pero no iba a dejar que la insultaran. Tal fue la fuerza con la que se defendió, que el hombre comenzó a toser de forma profusa y a acariciarse la zona. — ¡Seras zorra!
— Qué más quisieras — terminó por decir, justo antes de cruzar los límites del asentamiento y poner los pies en el exterior, donde ella misma se encargó de empujar con enorme esfuerzo la puerta. Estaba harta de todos ellos.
¿Podía considerarse una bocanada de aire fresco el respirar un ambiente que estaba a todas luces corrompido? En aquel momento, para Nora, sí.
Echó a andar como de costumbre, sabiendo que no detendría los pasos hasta bien entrada la noche. Estaba tan hecha al terreno, a las raíces, al fango, a la lluvia y la nieve, que sus pies apenas se resentían. Su cuerpo se sumía en un protocolo constante en el que las piernas se movían de forma autónoma, casi sin orden, mientras que la mente se ocupaba en pensar, divagar y reflexionar sin dejar de estar alerta. Pero, por desgracia, aquel día iba a ser complicado llevar a cabo aquella función. Para su disgusto, las palabras de los hombres de Jacob habían calado en ella más de la cuenta porque tenían razón. Ya no era una niña.
Cuando tenía catorce años, robar era algo sumamente fácil. Cualquier grupo de errantes, cualquier asentamiento e incluso cualquier persona solitaria a la que se encontrase, se apiadaban de ella con rapidez. Su rostro desprovisto de maldad alguna, sus ojos claros y sus pecas graciosas la ayudaban a conseguirlo, pero nada comparado a la idea de que apenas quedaban niños en aquella época. Le daban de comer, le proporcionaban cobijo e incluso la conducían a lugares donde se hallaban almacenes de suministros y víveres, todos deseosos de cuidar a la que creían un ser único y esperanzador para la humanidad. A partir de ahí ella sólo tenía que robar, volver corriendo a los brazos de Jacob e indicarle los lugares en los que podían ir a saquear mayores cantidades de material de ser el caso. Era buena, muy buena.
Pero ahora, con veintiséis años, ya no había quien la quisiese a su lado. Se había convertido en una mujer, como todas las demás. No tenía nada especial, nada que le diese un pase libre en cualquier lugar para después saquear. Ahora todo era más difícil. Tenía que robar de forma violenta, y a veces, incluso empuñar un arma. No estaba siendo tan útil como antes y temía que aquella situación fuese peor, que Jacob dejase de necesitarla y que ella nunca consiguiera pagar todo lo que le debía. Que la repudiase. Que la echase...
Se obligó a agitar la cabeza por un momento. Con aquellos pensamientos estaba segura de que nada iba a salir bien, o peor aún, bajaría la guardia y algún latente le agarraría los pies. Al menos, estaba segura de que en el bosque que habitaban, no había demasiados. Las idas y venidas constantes de todos los hombres y mujeres de Jacob hacían que la limpieza de la zona fuese constante, aunque a veces surgiesen oleadas inexplicables. Tan inexplicables como la época en la que le había tocado vivir.
Al caer la noche, los límites de los dominios de Jacob empezaban a desdibujarse. Más de veinte kilómetros a la redonda estaban ya más que saqueados, controlados y desprovistos incluso de supervivientes que pudiesen pasear por allí. Sin embargo, lo que hubiese más allá aún era desconocido para todos. ¿Alguna vez había estado más lejos? Estaba segura de que sí, pero apenas lo podía ver con claridad en su mente. Sus recuerdos eran tan difusos, que sabía que trabajar en ellos era una pérdida de tiempo.
Pudo optar por dormir. Había estado caminando desde hacía rato en paralelo a una carretera principal, y ahora, tenía un edificio ante sus narices, uno de esos en los que antaño los vehículos se recargaban. Sin embargo, optó por no hacerlo. Sí, tenía un techo y calidez a su disposición, pero si la experiencia le había enseñado algo era que la noche era el mejor momento para saquear. La gente dormía o directamente temía salir a causa de la oscuridad, por lo que encontrarse con indeseables durante el camino era algo poco probable. Estaba algo cansada pero... ¿Y si merecía la pena?
Pasó de largo, dejando atrás el edificio y continuó su paso por el bosque, alejándose de la carretera. Ya estaba cerca de Deadman Shore. Pudo saberlo por la cantidad de basura acumulada que había conforme caminaba. Madera, plástico, metales, trozos de tela, latas vacías... indicios suficientes de que antes, cerca, había una ciudad. Y que posiblemente hasta no hacía mucho, o quizás aún, la gente había habitado en las antiguas casas y antiguos edificios del lugar. Sin embargo, algo captó su atención entre tanta basura. Había algo que hacía años que no veía, algo que estaba segura de que ya no existía... una muñeca. Era de trapo y estaba sucia y rota, pero no dudo en detener el paso para cogerla. La miró con enorme interés, reparando en sus ojos descosidos y su cabello destartalado. ¿Quien habría sido el último niño en jugar con ella? Con media sonrisa en la cara, la acarició. Pensar en niños era algo que producía cierta sensación de desencanto, de temor e impotencia, sobre todo porque estaba segura de que jamás volvería a ver uno en su vida. Los niños ya no existían.
Un gruñido la hizo ponerse alerta de inmediato. Guardó la muñeca en su mochila y extrajo un cuchillo largo del bolsillo. Caminó despacio, adentrándose aún más en el bosque en plena oscuridad. Apena veía unos palmos más por delante de ella, pero aquel sonido era inconfundible. Cerca había un latente. Se dejó guiar por los constantes gruñidos que emitía, así como los crujidos de sus pasos sobre la hierba. Finalmente, lo último que llegó hasta sus sentidos fue el olor, y allí pudo verle. Deambulaba sin rumbo fijo, perdido, como todos. Arrastraba los pies a pesar de que eran rápidos como animales y se aquejaba como si quisiese decir algo, aunque realmente estaban muertos. Nora se acercó con precaución por la espalda, y cuando lo tuvo cerca, se abalanzó sobre él. Clavó el cuchillo en su cuello las suficientes ocasiones como para que la cabeza acabase desprendiéndose y rodase por el suelo hasta la oscuridad. El cuerpo cayó al suelo y el riesgo terminó. — Que asco... — se quejó la mujer, sabedora de que ahora ella también olía mal y de que sus manos estaban manchadas de los fluidos de esa cosa. Las limpió como pudo sobre sus vaqueros y miró a su al rededor. Había andado más de lo que pensaba, pues frente a sus narices había una pequeña casa, construida a base de paneles metálicos y madera, que antes no había visto. Bingo.
Guardó el cuchillo para, ésta vez, sacar la pistola que Jacob le había cedido. Caminó más despacio aún si cabía conforme se acercaba al hogar. Por suerte, pudo ver que estaba rodeado de trampas. Los árboles que rodeaban la casa estaban unidos por un cordón que, de tocarlo, seguro que emitiría un ruido que alertaría a quien descansase en el interior o algo así. — Buena trampa para latentes, mala para personas — murmuró en voz baja. Sobrepasó los cordones sin mayor esfuerzo, sin rozarlos, de forma que quedó frente a la casa en menos de un par de minutos. La presencia de tantas trampas indicaba dos cosas. La primera, que el dueño era muy cuidadoso, y la segunda, que se quería proteger. ¿Y si quería proteger comida o medicinas? Razón de más para saquear.
Tomó aire de forma concienzuda antes de abrir la puerta. Nunca le había gustado disparar, pero no siempre tenía opción. Sentía que aquella vez iba a ser una de ellas, en las que acababa disparando a las piernas y amenazando con asesinar a quien fuese. Por eso, con el arma en alto, terminó de empujar la puerta con suavidad. Dio un paso adentro y... un terrible dolor le atenazó la pierna.
Gritó.
Después calló al suelo por la fuerza de un gran peso sobre ella.
Esta vez, la habían atrapado a ella.
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