martes, 16 de junio de 2020

Las cosas no podían salir peor.

Aún caminando a duras penas, arrastrando cada vez más la pierna herida, Nora no podía dejar de pensar en qué momento las tornas habían cambiado tanto para que, por primera vez, un plan saliese tan mal. Ni había convencido a sus captores de soltarla, ni había conseguido escapar, ni había encontrado a aquella tal Lane, el contacto de Jacob. De forma irremediable, se culpó a sí misma de haber perdido facultades. Si ya no inspiraba confianza ni conseguía convencer a la gente con su brillante verborrea... ¿Qué le quedaba? El desprecio del hombre al que le debía la vida se dibujó en su mente como una premonición certera y cercana, que de lograr zafarse de aquella pareja en algún momento, no tardaría en llegar. Ahora, sólo podía pensar en opciones desesperadas y alternativas casi imposibles, y de momento, no encontraba ninguna.

Deadman Shore Capital quedaba cada vez más atrás tras largas horas de caminata. Continuando un paso firme a través de una carretera antigua y quebrada, llegaron a las inmediaciones de lo que parecía ser un edificio bastante alto y llamativo, a pesar de estar reducido a escombros antiguos que difícilmente se sostenían en pie. Lo más característico de aquel lugar era que estaba en mitad de la nada. No había más edificios cerca ni restos de antiguas ciudades. Sólo estaba aquella estructura, rodeada de murallas pequeñas y sucias que no tardaron demasiado en sortear.
A Nora le costó un poco discernir de qué se trataba, porque no parecía una casa normal. Las viviendas que durante toda su vida había visto eran bajas, estrechas, con jardines o sin ellos, separadas o amontonadas las unas sobre las otras en forma de piso. Pero aquel edificio, aunque parecía un piso normal, no lo era. Tenía una entrada enorme, cuyas puertas ya eran inexistentes. Estaba rodeado de lo que antiguamente debían ser jardines frondosos, aunque ahora era un puñado de arbustos secos y mal repartidos. A un lado, la chica pudo observar que había una piscina repleta de agua sucia y verdosa. ¿Qué era aquel lugar?
— Este debe ser el hotel — murmuró Jack como si acabase de leerle la mente a la mujer. — Sarah, intenta seguir alerta, podría haber alguien dentro.
— ¿Qué es un hotel? — preguntó Nora con el ceño fruncido. La forma en la que Jack y Sarah la miraron le hizo saber que su pregunta debía ser o muy estúpida, o una genialidad.
— ¿Nos tomas el pelo? — preguntó el hombre con un gesto asqueado. — Sigue con ese papel de mujer inocente y me cansaré de ti muy pronto, así que cállate. — La situación de desventaja de Nora hizo que cumpliese aquella orden, no sin antes componer una cara de disgusto enorme. Ella si que se estaba cansando de aquel papel. 

Tras subir unas escalinatas, cruzaron el umbral de la entrada del hotel. Una enorme lampara de araña aún colgaba del techo repleta de polvo y suciedad. Las alfombras estaban arañadas y llenas de mugre, pero también seguían en su sitio. Todo lo demás estaba saqueado. Las primeras puertas que vieron nada más entrar estaban abiertas, revelando en su interior el más completo vacío. La cocina estaba prácticamente vacía también, conservando únicamente el mobiliario. El comedor, gigantesco, estaba desordenado. Las sillas y las mesas estaban destrozadas y acumuladas a una esquina de la gran estancia, como si alguien las hubiese apilado para hacer un fuego o para protegerse de algo. 
Seguidamente, comenzaron a subir las escaleras. El proceso fue lento ya que Sarah parecía estar muy cansada y Nora cada vez podía mover menos el pie. Por ello, fue Jack quien se adelantó y comenzó a registrar todas y cada una de las habitaciones de aquella primera planta mientras que ambas mujeres le siguieron a su ritmo.
— ¿De verdad no sabes qué es un hotel? — preguntó Sarah en voz baja. — Creo que tenemos una edad parecida, pero he visto muchos hoteles desde que nací para entender que son — explicó.
— Pues yo no — contestó Nora con desgana. No quería ahondar en por qué ella no tenía aquellos conocimientos, ni debía.
— La gente alquilaba estas habitaciones que ves y los servicios que prestaba el hotel para pasar las vacaciones. Venían aquí, dormían, comían, visitaban lugares cercanos y cuando las vacaciones se terminaban, volvían a sus casas — informó.
— No te he pedido explicaciones — escupió la chica. Estaba frustrada y cansada de fingir. Detestaba a aquella pareja como nadie a quien hubiese conocido antes. Sus voces sonaban en su cabeza como una tortura y sólo quería alejarse de ellos cuanto antes.
— Pero antes... preguntaste — respondió Sarah con confusión. El silencio que vino después fue muy corto, porque pareció quedarse con ganas de seguir hablando. — Yo... creo que no contagio lo que tengo, si es lo que temes.
— ¿Temer? ¿Te crees que temo acabar enferma y no qué vais a hacer conmigo? — replicó Nora, pegando un tirón a la soga que le dolió. Tenía las muñecas tan irritadas, que la primera capa de piel ya se le había desprendido. Sarah no soltó el agarre. Al contrario, se quedó mirándolo con enorme pesar. — Esto lo vais a pagar... — añadió la chica sin mirarla. Sólo podía abrazarse a la esperanza de que los hombres de Jacob la encontraran... y nada más.

El proceso se repitió en varias plantas superiores hasta que Jack consideró que era suficiente con el registro llevado a cabo hasta el momento. En el hotel no parecía haber nadie. 
Eligió una habitación cualquiera en la que aún quedaba un colchón y algunas mantas, así como muebles en los que dejar las cosas y, en definitiva, descansar. Sarah no tardó en echarse sobre la cama. Fue como un imán y así lo observó Nora, que se mantuvo alerta en todo momento. Si ellos iban a descansar... ella no iba a hacerlo, aunque se muriese de hambre y sueño. No se fiaba de Jack y, a todas luces, él de ella tampoco, por lo que todo apuntaba a que la situación iba a ser bastante tensa.
— Necesito intimidad unos minutos — explicó Nora. En gran parte, era verdad.
— ¿Qué coño dices? ¿No querías descansar? — preguntó Jack con asco.
— Me estoy meando, necesito orinar en una esquina o algo, joder — replicó ella, cansada de tener tantos problemas. 
— Haz lo que tengas que hacer ahí fuera, hasta donde la soga lo permita.
— Y una mierda ¿Es que te apetece verme desnuda, capullo? 
— Aquí hay baños ¿No? En todas las habitaciones hay baños — añadió Sarah. 
— ¿En serio quieres que deje mis cosas aquí al lado? — Nora dio un par de pasos hasta el baño que contenía aquella habitación. La puerta estaba desencajada, por lo que no cerraba bien. Todo estaba sucio y lleno de mugre pegajosa, y por supuesto, no había agua. — Aquí no pienso hacer nada. Quiero salir a los baños que hay en el pasillo.
— Mírala, se cree que ha venido a un hotel de vacaciones de verdad. ¿Qué mas servicios quieres? ¿Te limpio el culo cuando termines? — Jack sonaba cada vez más exasperado, por lo que perder los modales del todo cada vez era una posibilidad más que probable.
— ¡Intimidad, joder! ¡¿Ni si quiera eso vais a darme?!
— Jack... ¿Y si la acompañas a donde quiere ir? Tú quédate fuera y dale tiempo. No creo que se vaya a ir corriendo, está herida — volvió a mediar Sarah, haciendo que su pareja recapacitase durante largos segundos. Finalmente, tiró de la soga y echó a andar.
— Ten cuidado, vuelvo enseguida.

El hombre condujo a la chica a lo largo de todo el pasillo hasta encontrar esos baños que Nora había mencionado antes. Marcaban un punto intermedio en la zona y contenían un aviso colgado en la puerta donde se especificaba que sólo era de uso de trabajadores, o algo así pudo leer la chica, que cuando entró, hizo el amago de cerrar la puerta pero Jack se lo impidió. —¡Eh!
— La puerta abierta. 
— ¡¿Cómo te crees que puedo escapar de aquí?! ¡Estamos en una quinta planta!— gruñó, insistiendo en cerrar la puerta.
— No me voy a asustar con lo que vea. Además, hay cabinas — señaló. Efectivamente, los retretes estaban separados por puertas independientes.
— Me da igual, joder. Quiero estar sola diez minutos ¿Tanto te duele en el orgullo darme diez minutos? ¿Después de haber ayudado a tu novia? — preguntó con veneno en la voz y aprovechando la situación que hacía unas horas se había dado. — ¿O es que eres un pervertido?
— Haz lo que te de la puta gana, pero tienes diez minutos. En diez minutos entro y te saco estés haciendo lo que estés haciendo ¿Te enteras? No te vas a librar de pagar lo que me debes, así que no intentes nada— terminó por ceder. Desajustó la soga hasta que las manos de la chica se liberaron. Justo después la empujó hacia dentro y cerró la puerta. No había que conocerle mucho para saber que se había quedado detrás de esta, esperando para entrar a por Nora si fuese necesario. Ésta bufo... y procedió a hacer lo que el cuerpo más necesitaba.

Se adentró en uno de los retretes para bajarse los pantalones y la ropa interior con sumo cuidado. No supo qué le sorprendió más, si las piernas llenas de moratones y la venda de la pierna empapada en sangre, o que la menstruación había aparecido después de algunas semanas sin presentarse. Le dolía tanto todo el cuerpo y la herida tan profunda que tenía en la pierna, que no había sentido los dolores típicos del mes.
Se sentó sobre la taza del vater para orinar, aunque aquello fue secundario. Lo que realmente hizo fue pensar. Había observado en aseo y no tenía ventanas, ni rendijas ni nada por el estilo donde su cuerpo cupiese y no tuviese que pasar por la puerta para salir. Una vez más sus posibilidades se reducían. ¿Qué tenía que hacer ya para escapar de aquella situación? — Maldita sea... — gruñó en voz baja mientras se frotaba la cara. Tenía las manos sucias, toda ella estaba sucia. Necesitaba volver con Jacob cuanto antes, pero ¿qué iba a hacer? ¿Insinuarse a Jack? ¿Ganarse su confianza de la manera más rastrera posible, a pesar de Sarah? Quizás funcionaría, pero... ¿Jacob querría eso? Tenía demasiadas preguntas y demasiados problemas a los que atender, y lo que menos le apetecía en aquel momento era que el hombre entrase y la sacase arrastras de allí. Por ello, volvió a ponerse la ropa a sabiendas de que necesitaba algo para su ropa interior y procedió a salir del baño. Pero entonces, unas manos gruesas y anchas la atraparon.
No le dio tiempo a gritar ni a defenderse, pero tampoco pareció ser necesario. Fuera quien fuese la persona que había estado escondida en el retrete contiguo, no parecía tener malas intenciones dado lo que susurró a los oídos de la chica. — Tranquila, no grites ¿De acuerdo? Te voy a ayudar.
Que los hombres se quedaran solos no hizo más que enrarecer un poco el ambiente que había entre ellos. Era algo ya natural entre el género, costumbrista, que quedarse solos cuando alguna mujer se alejaba les "permitía" arreglar las cosas de maneras menos ortodoxas. Arthur sabía de sobra que a Sarah le repateaba ese tipo de actuaciones, pero así era la vida. Era la única forma con la que sabía vivir y la única con la que lograría sacar algo de información a Diablo, dado que se había obcecado demasiado con Nora -Pues ya está, jotito. Ya estamos solitos- sonrió bobalicón Diablo -¿Ahora qué? ¿Te me ofreces tú para el polvo?-
-Hoy estás especialmente irritante- observó Arthur, mirando como el latino jugueteaba con el vaso de vino vacío.
-Especialmente cachondo- respondió -La verdad es que me apetece bastante un buen roce, Morgan. Me estás privando de mi derecho. Si te voy a pagar, pinche cabrón. Venga, llámala de vuelta-
-A ver cómo te lo explico...- exasperado, Arthur se rascó la barba, buscando las palabras.
-Que no me expliques nada wey, que lo que quiero es follar, maldita sea. Tú dame a la pinche zorrita y te doy un puto arma ¿Vale más su culo que tu propia seguridad o la de tu mujercita? A lo mejor debería cogérmela también para que aprendes a valorarla- Diablo dijo aquello con tanta despreocupación que ni reparó en el peligro que anunciaba la fría mirada de Arthur -Otra copita por aquí- pidió Diablo. Arthur esperó al momento en que le sirvieron el vasito con el vino para que Diablo extendiese la mano para cogerlo. En ese instante, Arthur aprovechó para echar mano al cinturón de Diablo, arrebatarle un enorme cuchillo de caza que tenía enfundado y apuñalársela de tal forma que se la dejó clavada a la barra desvencijada de vieja y pútrida madera a escasos milímetros del vaso con alcohol. Como algo así era costumbre, nadie de los presentes les echó más cuenta que una rápida y aburrida mirada: cazadores haciendo tonterías de cazadores -¡Hijueputa!- rabió Diablo -¡Mi pinche mano, desgraciado!-
-He intentado ir por las buenas- Arthur sostenía el cuchillo con fuerza, atrevesando la carne y desparramando sangre por doquier -Se me acaba el tiempo y la paciencia, Diablo. Venga, me has demostrado ser un hombre de palabra alguna que otra vez así que haz honor a tus días de gloria y dime dónde puedo conseguir alojamiento y armamento-
-Eres muy estúpido si te crees que no voy a sacar nada a cambio- gruñó Diablo mirándole con verdadera rabia -Siempre vas creyendote por encima de los demás, Morgan. Estás muy equivocado. Muy, pero que muy equivocado. Las cosas cambian- masculló.
-¿Ah, sí?- Arthur movió el cuchillo de forma que la hoja comenzó a desgarrar ligeramente la carne de la mano de Diablo, arrancándole alaridos de verdadera agonía. Una vez más, los presentes les miraban más por las molestias de los gritos que por otra razón -Me lo debes. Yo solo quiero respetar los códigos, "wey"- imitó jocoso -Los favores se devuelven hasta quedar en paz y esta es tu última oportunidad- Arthur se acercó unos centímetros al rostro de Diablo, que casi empezaba a sudar del dolor -Me pregunto cuánto sobrevivirás con una mano de menos-
-Te juro que en cuanto me saques el cuchillo te voy a abrir en canal con él y... ¡Aaaahh!- vociferó hasta desgañitarse cuando Arthur en lugar de tirar del cuchillo, lo giró sobre sí mismo. El agujero que se empezaba a abrir en la mano de Diablo sería fatal con apenas unos milímetros más. Casi juraría que se oyeron los huesos crujir.
-Última oportunidad-
-El hotel...- masculló rendido -El hotel Goodtrail- dijo finalmente.
-Vaya, parece que sí que sabías algo ¿eh?- sonrió Arthur con frialdad.
-El hotel...- repitió -El hotel... te lo prometo-
-¿Hacia dónde está?-
-Salida oeste. No tiene pérdida. Sigue las ruinas de la autovía del oeste y en unos pocos kilómetros lo verás. Está abandonado, te lo juro. Yo me he alojado allí alguna que otra vez- tragó saliva con dificultad -Era mi as bajo la manga, cabrón...-
-Si hubieses mostrado un pequeño ápice de inteligencia, habrías sabido que no planeo quedarme allí para siempre. Es solo temporal hasta. Esto habría acabado rápido y sin problemas y, sin embargo, aquí estamos- Arthur finalmente arrancó el cuchillo. Diablo se llevó la mano al pecho, abrazándosela, tratando de soportar el dolor -El cuchillo me lo quedo- informó, poniéndole la hoja en el cuello con suavidad a Diablo -Y la pistola que me ofrecías también-
-Esta vida es cara, Morgan. Te estás pasando-
-En absoluto. Tan solo me cobro el gran favor que te hice- con un gesto, indicó que depositara el arma en la barra. Diablo obedeció a regañadientes. Sabía que un movimiento en falso y le rebanaría el pescuezo, de forma que prefirió obedecer. Se quitó una cartuchera que le colgaba del cinturón para después dejarla sobre la barra. Se trataba de su conocido Magnum, un revólver enorme con un calibre potentísimo. El arma era de metal oscuro, bastante bonita. Lo acompañaba una segunda cartuchera más pequeña donde guardaba un número decente de balas -Vaya, menudo botín. De haber venido con otro arma, conservarías a tu... ¿Cómo la llamabas?- se refería al revólver.
-Santa Muerte-
-Eso- Arthur tomó el arma y se la ajustó en el cinturón, así como las balas. Sabía que ese arma había acompañado a Diablo durante años y que era un objeto de pasión tal y como lo podía ser una guitarra para un músico o un juguete para los extintos niños. Un objeto al que darle un nombre, al que hablarle, en el que apoyarse y usarlo de talismán de la buena suerte -Ha sido un placer, Diablo- Arthur le palmeó el hombro -Nos veremos en otra ocasión- con un extremo aire de triunfo, se marchó a buscar a Sarah y a Nora sin demorarse un instante. Estaban tardando demasiado en aparecer y le preocupaba con creces. Salió con paso rápido del lugar para mirar a ambas direcciones y encontrarse con que no las veía por ninguna parte -¿Y ahora dónde se han metido...?-

Minutos antes, Nora y Sarah seguían encontrándose cerca el vertedero. Sarah seguía con su incesante golpe de tos mientras que Nora seguía ramificando su plan en la cabeza al ver que no mejoraba la situación. La jovia de Jack le podría resultar la mar de útil dadas las circunstancias y aprovechando que el gruñón de su chico no estaba para impedirle una huida de lo más limpia. Tomada la decisión, aprovechó el hecho de que un extraño pasaba junto a ellas para empujar a Sarah levemente para que se topara contra el tipo en una colisión fortuita. El hombre se tambaleó ligeramente al no esperarse el choque, cosa que le provocó un más que visible enfado que enfocó hacia la joven que tosía. Aprovechando esa ligera confusión, Nora hizo uso de sus dotes de ladrona para robarle un puñal que guardaba dentro de una bandolera y de paso un par de rollos pequeños de vendas que había junto al puñal. Para esconderlas, se apretó las manos contra el cuerpo y fingió estar asustada ante los ladridos del tipo que mezclados con la tos de Sarah, parecía una enorme pelea multitudinaria. Finalmente, el individuo se marchó con aspavientos y gruñidos como si fuera un oso molesto por un ejambre de abejas. Sarah se relajó un poco también en cuestión de su tos, pero parecía enormemente abatida tras el ataque -Casi te mueres- observó Nora.
-...Casi- confirmó Sarah -Y para colmo ganando enemigos...- suspiró -¿Dónde está A... Jack?-
-Estará aún con el tipo ese-
-Tarda demasiado...- la joven bajó la cabeza, agotada y con un más que evidente desánimo.
-No tardará- Nora combatió contra la soga para poder abrir el puñal y tratar de cortarse la soga con disimulo. Al parecer, Sarah no se había percatado del robo, pero sí que esperaba que el tipo aquel se diese cuenta. De hacerlo, el plan le saldría a pedir de boca ya que sería ruido más que suficiente para propiciar su huida. Necesitaba ese respaldo del espectáculo debido a la herida en la pierna. De no ser así, ya estaría muy, muy lejos.
-Deberiamos volver- Sarah suspiró pesadamente -Vamos- viendo que la chica realmente quería ponerse en movimiento, Nora decidió que era el momento de implicarla en el robo. Con cuidado le introdujo una de las vendas en el bolsillo del pantalón, echando a andar detrás de ella. Ya solo era cuestión de esperar y no estaba nada equivocada con lo que iba a ocurrir.

Apenas caminaron unos cuantos metros cuando la voz de aquel individuo se dejó oír a sus espaldas. Era inconfundible, pues físicamente era grande y fornido, altísimo como una montaña -¡Eh, maldita ladrona!- rugía -Te voy a hacer picadillo ¿¡Te enteras!?- en apenas unas cuantas zancadas las alcanzó sin apenas darles tiempo para huir. Para sorpresa de Sarah, cuando decía "ladrona" se refería a ella, ya que la encaró en lugar de dirigirse a Nora -¿Dónde están mis cosas?-
-No sé de qué me hablas- carraspeó la chica.
-¿Ah, no?- sin permiso ni consentimiento, la rodeó con los enormes brazos y comenzó a toquetearla por todas partes, cacheándola sin cortarse en dónde tocaba.
-¡Eh! ¡Eeh!- Sarah forcejeó tratando de quitárselo de encima mientras que Nora mantenía la distancia todo lo que podía tratando de cortar la soga con toda la velocidad que le permitían unas manos atadas. Era el momento idoneo.
-¿Qué es esto?- finalmente, el tipo encontró en el bolsillo de su trasero uno de los rollos de vendas que Nora le robó -Lo sabía. Sabía que las putas ratas como vosotras nunca hacéis nada bueno. Tan pequeñitas, con tanta pinta de inocentes...- gruñó enfadado -Os voy a matar a las dos ¿me oís?- al individuo le bastó un empujón para estrellar a Sarah contra un contenedor, anulándola por completo. La chica quedó tosiendo en el suelo, derrotada. El plan de Nora empezaba a virar hacia direcciones que ella no tenía del todo previstas cuando el tipo se giró hacia ella antes de poder acabar con la soga -Y ahora tú, la prisionera- sonrió malicioso -¿Iban a venderte? ¿Es eso? Ya me ocupo yo- se palmeó el pecho -Pero primero una lección para no olvidar ¿Qué te parece?- el gigante intentó echarle mano al igual que con Sarah, pero Nora estaba mejor preparada y era más espabilada. Dejando de cortar la soga, preparó el puñal. Cuando el tipo se lanzó contra ella, se bastó con apartarse a un lado aprovechando su menor tamaño contra esa mole de músculos para luego asestarle una puñalada baja en la parte trasera del muslo, arrancando un grito de aquel tipo. Acto seguido, le pegó una fuerte patada en ese mismo punto. Parecía poca cosa, pero el agresor quedó inutilizado en el suelo debido al dolor que le aquejaba la pierna y perdiendo sangre en abundancia. Nora aprovechó para agacharse junto a Sarah y comenzó a buscarle la pistola que por derecho le pertenecía antes de marcharse, en caso de que la persiguieran.
-¡Sarah!- la voz de Jack resonó en la calle, haciendo que Nora se quedase quieta al instante. Su plan acababa de irse al traste por completo, aunque aún le quedaba el puñal... -¿Qué ha pasado? ¿Quién es ese?- exigió al llegar junto a las chicas, agachándose para socorrer a Sarah.
-Nos ha atacado- explicó Nora -A ella la ha empujado y a mí pretendía llevarme- alzó las manos con la soga -Ya que me teneis tan indefensa...-
-Pues veo que te has defendido bien- observó Arthur al tipo doliéndose de la pierna. Luego, miró a Nora largo rato -¿La... has protegido de él?-
-Sí- Nora improvisó a la perfección, sin dudar, sin arrastrar las palabras. Una mentira perfectamente camuflada -Ella no se merece daño. No parece ser mala persona-
-No lo es- dijo Arthur sin más -Supongo que debo agradecértelo-
-Supones. Protejo a tu chica y solo supones un agradecimiento- decía Nora mientras veía a Arthur ayudar a Sarah a ponerse en pie.
-¿Estás bien?- preguntó a la joven.
-Algo aturdida... pero sí, estaré bien- sonrió con torpeza. Realmente no estaba nada bien. Necesitaba descansar.
-Tenemos destino al que ir- anunció -Habrá que andar unos kilómetros pero tampoco es algo desmesurado. Allí estaremos seguros. Podremos descansar. Los tres- de alguna forma, Nora percibió que aquello de descansar "los tres" no era un simple comentario. La miró al decirlo, de hecho. Aquello arrancó una sonrisa socarrona a Nora mientras Jack caminaba junto a Sarah, aun así, llevando la soga pero con algo más de suavidad.
-De nada- comentó orgullosa y burlona, viendo como el feroz y gruñón individuo era incapaz de pronunciar las palabras de agradecimiento. Ahora solo quedaba ver hacia dónde se dirigían... y qué podría sacar en beneficio de allí para poder huir.

jueves, 11 de junio de 2020

El jaleo de la cantina quedó ligeramente opacado al caminar hacia una tienda de campaña grande, bien provista, pero demasiado cercana al gentío que se concentraba en Deadman Shore Capital. 
Nora no podía evitar mirarlo todo con demasiada atención. No sentía pánico por lo que pudiese ocurrirle en aquel momento, pues confiaba tanto en sí misma como en Jacob, quien de seguro a aquellas alturas ya habría enviado a un grupo de hombres a buscarla. A fin de cuentas, incluso allí podría encontrar a su contacto, aquella tal Lane. Sin embargo, aquel ambiente que rodeaba a la ciudad le daba mala espina. Era como si la escena que sus ojos contemplaban hurgara desde el primer momento en sus recuerdos más escondidos y borrosos de su cabeza. Y sabía, por las sensaciones que aquellos recuerdos le despertaban, que aquel no podía ser un buen lugar.

Diablo extendió los brazos para hacer alarde de la intimidad que la tienda ahora les daba a todos. Al fin y al cabo, era Jack quien había pedido hablar a solas. Era sorprendente, sin lugar a dudas, que un par de personas que convivían en distintos núcleos fuesen capaz de hablar y tratar sin apuntarse con la pistola y saquearse mutuamente. O al menos así lo percibía la chica.
— Por favor, tomen asiento — pidió el hombre, haciendo alarde de una caballerosidad que, a todas luces, debía ser fingida. Su olor a alcohol y sus miradas intencionadas le delataban. 
— No venimos a tomarnos unas copas, vengo a que me devuelvas el favor y nada más — insistió Jack. 
— Oh, sí. El favor — sonrió de forma forzada Diablo. — Tú dirás.
— Queremos un lugar en el que refugiarnos Sarah y yo. Y no hablo de un lugar cualquiera. Quiero un sitio seguro, uno donde el tránsito de supervivientes, cazadores y quien demonios sea, sea nulo — exigió. Por un momento, Diablo pareció tomarle en serio. Sin embargo, tras varios segundos, comenzó a partirse de risa.
— ¿Tu te crees que si existiera un lugar así yo seguiría aquí?
— Claro que sí. Aquí tienes trabajo, alcohol y a quien quieras follarte. En un lugar como el que te pido solo tendrías soledad. Y no te hagas el loco, porque me juego el cuello a que conoces cada rincón de esta zona — insistió, apuntándole con el dedo. — Me lo debes — añadió una vez más. El hombre, cuyos cabellos eran tan oscuros como las castañas a conjunto con su piel bronceada, suspiró. Se colocó las manos sobre las caderas y y meditó.
— Conozco un lugar así, pero no creo que eso pueda pagarse con un favor cuyo precio es la vida. Ese sitio vale mínimo un par de vidas salvadas— sonrió con burla.
— No me toques los cojones, Diablo.
— Ay, no mames. Estaba bromeando. Pero para decirte donde está ese sitio, si que quiero algo más a cambio. Sólo un pequeño trato, pequeñito — apuntilló. — ¿Cuanto vas a pedir por esa diablita? — preguntó, apuntando con el mentón hacia Nora. Ésta, abrió los ojos como platos. Daba por hecho que Jack quería ponerle precio a su vida, pero no había contado con la posibilidad de que se deshiciera de ella tan rápido.
— Mínimo dos armas. Al menos una tendrá que ser de fuego. Y algo de comida y medicina — respondió sin tapujos.
— Y una mierda — se sumó Nora. — Ni te atrevas a venderme. No me merezco esto.
— Pero si tiene la lengua suelta — murmuró Diablo. Se acercó a paso lento hasta la chica, a quien rodeó mientras la estudiaba. — Pero está herida, que pena. Heridas no trabajan bien ¿Sabes? — suspiró. — Te doy por ella seis balas. No vale mucho más.
— Ni hablar. Esta malnacida va a pagarme las pérdidas que me ha ocasionado. Puedes meterte las seis balas por donde te quepan.
— ¡Venga ya, Morgan! ¡Por los viejos tiempos! ¿No? — Sin previo aviso, Nora escupió al suelo. Su papel de mujer buena y perdida se alejó un poco conforme lo hacía, componiendo una cara de asco e ira dignas de una mujer que valoraba su dignidad y su integridad por encima de todo lo demás. Una cosa era ponerse en peligro, sacrificar su vida por pagar sus deudas... pero que comerciasen con ella... otra vez... eso sí que no.
— Que os den a los dos, capullos — volvió a escupir. Diablo alargó su mano en un abrir y cerrar de ojos, tomando la mandíbula de Nora y obligandola a mirarle con cierta violencia. Lo peor fue que sus dedos rozaron la zona inflamada por el golpe que tenía en la mejilla. La sensación fue similar a darse de bruces contra una vara de acero candente.
— Mira que ojos, una mezcla de azul y verde preciosa. Hacía tiempo que no veía unos ojos tan bonitos por aquí — meditó. — Una caja de munición, por los ojos bonitos.
— Ya te he dicho que no — volvió a decir Jack. — Dos armas, comida, medicinas y el refugio. 
— ¡¿Como puedes valorarla con tanto coste?! ¿Qué tiene? ¿Cuatro tetas? — volvió a carcajearse. — ¿Me las enseñas? — Diablo hizo el horrible intento de llevar sus manos hacia la ropa de Nora con intenciones de desnudarla. Sin embargo, se encontró con el atenazante dolor de una patada directa a la entrepierna. Nora atacó con la pierna sana, claro. Pero tener que apoyarse sobre la pierna herida la desestabilizo e hizo que cayese al suelo. — Puta peleona — gruñó el hombre, sin apenas aliento y encogido por el dolor.
— ¡Vuelve a tocarme un pelo y te mato! — le gritó. — ¡Y tú, vuelve a ponerme precio y te juro que...!
— Como me ponen peleonas... Ven aquí — Diablo se lanzó sobre la chica. Estaba ligeramente desatado, aunque no perdía el tono burlón. Para él todo parecía ser gracioso, cómico y banal. Como si pudiese conseguir lo que quisiera con unas risas. Por suerte, aquella vez no iba a ser el caso. Jack agarró al hombre de la chaqueta para apartárlo de forma rápida. Incluso Sarah ayudó. — ¡Oh, venga ya! Te doy un arma de fuego, Morgan. Mi ultima pinche oferta, maldito joto. Sólo es un polvo, no la quiero para siempre. 
— Sarah, llévatela de aquí. Llevas la pistola ¿No? — La chica asintió. — Coge la soga y sal. No pases cerca de la cantina. Mantente cerca sin más y no le hables de nada ¿Entendido? No tardaré mucho. Sólo necesito que este tío empiece a pensar con claridad y me escuche de una vez — terminó por decir. De mientras, Diablo se quejaba con sencillas protestas que fueron interceptadas con palabras malsonantes que Nora no pudo evitar lanzar sin parar. Al final, Sarah obedeció y en apenas unos minutos el ambiente se relajó.

Aún fuera de la tienda, no pudieron bajar la guardia. Deadman Shore estaba más transitada de lo que Nora pudo llegar a pensar en un primer momento, de forma que dar con Lane iba a ser algo extraordinariamente difícil en aquellas condiciones.
Ambas mujeres se sentaron sobre unos barriles junto a lo que parecía ser un vertedero. Apestaba, pero ¿qué no apestaba en aquellas circunstancias? Nora bufaba sin parar. Sus planes empezaban a descontrolarse como nunca lo habían hecho, y cuanto más tiempo pasaba incumpliendo su misión, peor se sentía. Eran un par de malnacidos... ¿Cómo no podía quitárselos de encima?
— Oye... yo no quiero venderte. No así... ¿Comprendes? — musitó Sarah. Que hablara le tomó por sorpresa. O era una mujer poco obediente, o los remordimientos la estaban matando por dentro. — Me refiero a que... éste mundo es así ¿No? Tenemos que sobrevivir. Pero cuando propuse venderte me refería a un asentamiento, a alguien que necesitara mano de obra, no para... 
— ¿Eres tan ingenua? ¿De verdad? — A Nora se le escapó la crudeza en las palabras. ¿Cómo podía llegar a pensar que una mujer podía ser vendida para algo que no fuera sexo? ¿En qué mundo vivía?
— Lo siento — agachó la cabeza avergonzada. — Sé lo que tienes que estar sintiendo. A mi secuestraron hace un par de años. Quisieron venderme, pero... Jack no lo permitió. — Escuchar aquellas palabras de una desconocida no debía haber hecho ningún tipo de mella en Nora, sin embargo, que alguien pudiese llegar a comprenderla, aunque fuera una mujer estúpida, le hizo sentir algo muy raro. 
— Qué suerte — comentó de forma irónica.
— Sé que no querías prenderle fuego a la casa. Lo vi. Lo hiciste sin querer y no te odio por ello. Pero Jack no tiene tanto a razones como yo ¿Sabes? Bueno, ya lo has visto con tus propios ojos. — tragó saliva. — Lo siento, de verdad.
— Si de verdad lo sientes, desátame. Déjame que me vaya. Suelta esa soga y me iré. No volverás a saber más de mi — pidió Nora. Encaró a Sarah con determinación, de tal forma que ésta última se sintió inquieta e incluso amenazada.
— No... no voy a hacerlo — aseguró. Parecía que le costaba soltar aquellas palabras. — Tenemos que comer.
— Por favor, Sarah.
— No puedo. Por favor, no insistas — rogó poniéndose en pie. Pero al hacerlo comenzó a toser. Al principio pareció algo normal, pero la tos no desapareció. Tosió con esfuerzo, como si tuviese algo en el pecho. Casi se estaba quedando sin aire. A Nora le pareció tan extraño que se puso en pie sin comprender. — No... no puedo respirar... — intentó decir la chica. Y entonces, tosió sangre. 
— Estas enferma — susurró Nora, comprendiendo la gran verdad que se abría ante sus ojos. Sarah estaba enferma, como muchos otros antes lo habían estado a causa de la situación del mundo, como todos lo estaban. Pero ella lo estaba más, como aquellos casos en los que gente joven moría, en los que sus cuerpos no soportaban la podredumbre, el ambiente tóxico y la polución. 
Sarah ya no tenía fuerzas. La chica podría dar un tirón a la soga y salir corriendo. Allí, en aquel preciso instante, la oportunidad de escapar se le presentó sin verla venir. Pero no correría sin más. No sería tan estúpida... Tenía un plan. 

Con el fin del descanso llegó el momento de retomar el camino. Deadman Shore Capital no estaba demasiado lejos del punto en el que se encontraban, de manera que no les volvería a coger la noche a lo largo del camino. Arthur calculaba que llegarían cerca del ocaso debido al paso lento al que caminaba Nora, pero mejor era eso que nada. La circunstancia solo se complicaba por el hecho de que podían cruzarse con latentes. Claro, darse de bruces con ellos significaba dejar a la ladrona como cebo para que Sarah y él pudieran escapar, pero perdería por completo la posibilidad de obtener algún tipo de compensación por las pérdidas que había ocasionado. Detestaba tener que pensar en malgastar balas en protegerla cuando lo que de verdad le apetecía era poder darse el gusto de encajarle una entre ceja y ceja él mismo, pero qué remedio. La paciencia le daría frutos o eso quería pensar para no arrancarse la lengua de pura rabia.

Durante el restro de la travesía fueron avanzando con más velocidad o aminorando el ritmo según Arthur iba indicando mientras estudiaba los alrededores. Los restos o muestras de tierra removida parecía indicar que por allí habían pasado latentes o peor, se acababan de quedar enterrados bajo la tierra -Aún no me has dicho como te llamas- oyó decir a Sarah detrás de él.
-Nora. Me llamo Nora- contestó la prisionera.
-Yo soy Sarah-
-Me lo imaginaba- respondió sarcástica, ya que había oido el nombre varias veces. Al menos era educada y se presentaba formalmente.
-Callaos. Las dos- reprendió Arthur tanto a Sarah como a Nora -No es buen momento para hablar-
-¿Ocurre algo?- se preocupó Sarah. No era común que Jack le hablara con esa seriedad.
-No movais un músculo- masculló mientras se agachaba despacio y palpaba la tierra con los dedos. Como imaginaba, estaba ligeramente húmeda y prácticamente helada. Esa tierra llevaba poco tiempo en la superficie -Estamos rodeados...-
-¿Q-qué?- Sarah miró a todas partes al igual que Nora.
-Nos hemos metido de lleno en su territorio. Joder- gruñó, limpiándose la tierra suavemente en el pantalón y levantándose con la misma lentitud que con la que se agachó. Nora se imaginaba fácilmente a lo que el hombre se refería. Estaba más que acostumbrada a salir a distintos tipos de trabajos y misiones para Jacob y no era la primera ni sería la última vez que se encontraba con latentes en estado de hibernación -Escuchad, ambas...-
-Sé muy bien lo que tengo que hacer- respondió Nora de mala gana.
-¿Sí? Pues si tan lista eres empieza por bajar ese puto tono de voz- reprendió Jack con susurros airados -La más mínima vibración los hará salir. Estamos muy jodidos-
-Pero...- Sarah miraba al suelo en todas direcciones, tratando de discernir -Yo... yo no veo nada-
-Debemos ser los primeros en pasar por aquí durante un tiempo y están inactivos, pero están aquí. Me juego el cuello- Arthur meditaba como podían proceder mientras Nora miraba a un punto muy fijamente, extrañada. Arthur le siguió la mirada y encontró igual de curioso el fenómeno que la ladrona estaba contemplando: flores. Había un punto en concreto del que estaban brotando unas flores de colores vibrantes y hermosos, flores que nunca había visto. No le gustaba un pelo.
-¿Piensas igual que yo?- bufó Nora pesadamente.
-Cállate- ordenó Jack, sacando la pistola y cargándola con toda la suavidad que el arma permitía. El chasquido metálico que provocó cargar la primera bala hizo enrarecer el ambiente. Pudieron sentir prácticamente cómo la tierra vibraba bajo sus pies con ese simple y sencillo gesto -Sarah, ten- le entregó la pistola a su chica -Y tú, ven aquí- Arthur caminó con paso lento hacia Nora y se agachó ligeramente para cargarla en brazos. A la ladrona le costó no soltar un alarido de sorpresa, pues a saber qué estaría planeando ese tipo.
-¿Qué haces? ¡Bájame!- irritada, le costaba mantener al voz baja.
-¿Quieres morir?- gruñó Arthur -Creeme que preferiría dejarte aquí tirada, pero no me he metido en este embrollo para no ganar algo a cambio. Si vas a morir, prefiero matarte yo ¿Me oyes? Así que haz el puto favor de agarrarte y hacérmelo fácil- Nora mantuvo la boca cerrada, pero el ceño fruncido al igual que los labios. Para ella era tan desagradable como para él estar sobre sus brazos como una damisela en apuros, cuando ella sabía defenderse de sobra. De no ser por la herida en la pierna...
-Vamos ¿de acuerdo? Ya casi llegamos. A la de tres...- dicho y hecho, en lo que contó tres, Sarah y Arthur comenzaron a caminar prácticamente al unísono en el método que él desarrolló hacía tiempo: zancadas largas pero no demasiado, dejando caer el peso en el talón y después pasándolo a la punta, de manera que pudieran avanzar cubriendo una mayor distancia pero despacio y sin provocar impacto en el suelo. El problema es que a Arthur le empezaba a costar tras unos minutos cargando con Nora. El hecho de que no fuera un palo famélico le dificultaba ligeramente la labor, pero lo estaban consiguiendo. El silencio de la zona, sin embargo, era inquietante. Asfixiante. La más leve brisa les aceleraba el pulso pues el chasquido de las ramas o el murmullo de las hojas podría valer para que se alzaran los latentes en busca de alguna presa potencial, o si pisaban alguna piedra o si caía algún fruto o algo similar de algún árbol e impactaba en la tierra. Ninguno de ellos se libraba del dolor en la mandíbula de tenerla apretada, de la tensión en los dientes. El dolor de la pierna de Nora empezaba a compartirse con Arthur y Sarah debido a la tensión muscular de caminar de aquella manera, tratando de evitar los puntos donde la tierra estuviera ligeramente más oscura.

Afortunadamente, pudieron lograrlo sanos y salvos. Se alejaron con algo más de velocidad pero sin llegar a correr o sin pisar demasiado fuerte. Los tres se descubrieron respirando bocanadas de aire en cuanto se alejaron lo suficiente. Casi habían estado conteniendo la respiración todo el maldito tiempo y se sentían asfixiados. Arthur soltó a Nora de la peor forma posible, dejándola caer como si fuera un saco o un peso muerto. La chica se golpeó en la cadera de forma dolorosa, quejándose -Serás cabrón...- se dolía, acariciándose la cadera.
-Calla. Agradece que no te he dejado allí tirada-
-Sí, claro...-
-¿Qué eran aquellas flores tan extrañas que os llamó la atención?- quiso saber Sarah, llena de curiosidad por el hecho de que ambos identificaron algo que ella no.
-Eso...- Arthur miró a su chica -Bueno, la verdad es que no estoy sguro. Las he visto en el último año de forma salteada, nunca he sabido bien qué es pero son un tanto extrañas-
-Yo tampoco sé que son pero también las he visto. No me gusta que sean tan bonitas. Es extraño-
-Entiendo... Qué raro ¿eh? Parece que cada día vamos a peor...- se encogió de hombros Sarah.
-Así es el mundo que nos toca vivir- Arthur volvió a coger el amarre de la soga de Nora y pegó un tirón para que se levantase -Vamos, Deadman Shore Capital ya se ve desde aquí- señaló con la cabeza. Tenía razón. El asentamiento ya se veía en la distancia, apenas una docena de chabolas de chapa se apreciaba en la distancia.

Llamar Capital a ese montón de mierda y chatarra era pretencioso hasta decir basta, pero a cada cual sus fantasías. Union era, desde el punto de vista de Arthur, lo único que se podía considerar urbe o capital, dado que encima iba en aumento. Deadman Shore Capital no se diferenciaba de otro asentamiento con un número reducido de personas, pero destacaba por los demás por estar en una posición que facilitaba el encuentro entre personas además de estar en mitad de un llano medianamente despejado que permitía ver con facilidad la llegada de saqueadores o latentes. Se habían tomado además la molestia de construir un par de torres defensivas donde descansaban un par de tipejos con malas pintas con unos viejos rifles de francotirador para mantener lejos las amenazas. En resumen, no era una capital, pero era la más digna de llamarse capital en la región.

Era la primera vez que Sarah estaba en algún lugar que no fuera su casucha compartida con Arthur. Sí, antes de conocerle había estado viajando de aquí para allá con un grupo pequeño de errantes, pero rara vez se habían metido en asentamientos ajenos para evitar conflictos o tentaciones por parte de la gente con más recursos o armas. Dada la situación, le costaba no mirar con curiosidad todos y cada uno de los puestos que veía. Algunas de las viviendas contaban con una especie de mostrador donde los dueños de dichos habitáculos ponían a la venta distintos tipos de comida o utensilios para quien los quisiera comprar mediante un trueque. La mayoria pedía en carteles de madera o cartón pintado armas a cambio de cualquier cosa. Armas o munición siempre era lo más codiciado por todo el mundo. El único método de proteger la vida propia -Por aquí- dijo Arthur, arrastrando a Nora y guiando a Sarah entre un par de callejones. Sabía hacia dónde se dirigía, pues no tenía pérdida: el recinto más grande era su objetivo, allí donde se reunía toda la gentuza diariamente: la cantina, o lo que casi se le podía llamar así. Arthur sabía que servían una suerte de vinos adulterados que sabían a mierda, pero que a muchos les servía para adoptar cierta valentía debido al alcohol. Un vaso equivalía a una bala, de manera que muchos preferían sacrificar un cartucho por tener un buen rato de empinar el codo. Allí, en ese tugurio, Arthur sabía que encontraría a su hombre. Y no se equivocó.

En lo que apenas se sostenía como una barra, un grupo de tres individuos hablaban alegremente mientras degustaban esa orina de latente que Arthur no soportaba. Entrar en el arapiento antro era una tarea difícil para mujeres como Nora o Sarah, jóvenes y con atractivo. En cuestión de segundos captaron todas las miradas de los hombres y de más de una mujer allí presente. Hasta Diablo se giró cuando sus compañeros de charla lo hicieron, atrapados por la presencia de las muchachas -¡Válgame Dios, pero si es el bueno de Morgan!- Nora miró extrañada a Sarah ¿Morgan? ¿No se llamaba Jack? ¿Se llamaba Jack Morgan de completo?
-Viejo Diablo- asintió Arthur como saludo.
-¿Qué te trae por aquí, pendejo? Vaya buen par de regalitos que te traes ¿eh?- Diablo era de ascendencia mexicana, tierra extinta, como todas. Ya no existían nacionalidades, ni siquiera acentos. Toda una vida conviviendo entre el mismo grupo de gente, Diablo tenía el acento de uno más. En honor a sus padres y en el leve recuerdo de sus días de niñez en el que le acompañaron, al menos, mantenía la jerga de sus ancestros modernos.
-Busco un par de favores-
-No mames, ya quisiera yo también un par de favores- las miró a ambas.
-Ella es Sarah- señaló con el pulgar hacia atrás a su pareja.
-Ah, entiendo, entiendo. La intocable- Sarah ladeó la cabeza tras ese nombre -¿Y quién es la otra?-
-Una rata que me he encontrado. Me ha causado ciertos problemas. Ahora me pertenece-
-Puro macho ¿eh? Ahí con dos buenas hembras de las que gozar- rio alegremente, un poco ebrio.
-Voy a sacarle algo de renta, me ha dejado sin nada- gruñó -Diablo, eres el único con el que he trabajado codo con codo alguna vez, por lo que prácticamente eres lo más cercano a un amigo que puedo considerar-
-¿Te me vas a poner blando de pronto? ¿Qué pasa?- antes de contestar, Arthur miró a los tipos que lo acompañaban -Ah, de acuerdo. Váyanse un momento, muchachos. Estaré con vosotros en un instante- los hombres asintieron y se marcharon con sus copas de vino, dejando a solas a Diablo -Ya pues, hable wey-
-Esta desgraciada ha provocado un incendio en mi casa. Me he quedado sin refugio y sin suministros-
-¿Vienes por caridad?- se mofó divertido Diablo.
-Vengo a que me devuelvas el favor que me debes. Hace dos años, en Blind Cliff- recordó, entornando la mirada.
-Ay, qué memoria tienes, joto de mierda- poco a poco, Diablo empezó a reir -Yo casi ni me acordaba de eso-
-Ah, sí que te acuerdas- Arthur mostró una media sonrisa -Te vas a acordar toda la vida. Te faltó demasiado poco para palmarla allí. De no ser por mí ahora serías un latente-
-Un latente guapísimo- dio un trago al vino hasta acabarse la copa -¿Vamos a algún lugar tranquilo donde negociar?- pasó la mirada de Arthur hacia Nora, estudiándola con sumo interés -Sí... estoy deseando de negociar con usted, señor Morgan- sonrió maliciosamente.

miércoles, 10 de junio de 2020

Para cuando quiso darse cuenta, había amanecido.
No es que no tuviese la percepción del tiempo pasando a su al rededor, pero estaba tan mareada, que a veces juraría no haber sido consciente de como las estrellas habían desaparecido del cielo en sucesiones que parecieron espasmos. La cabeza le daba tantas vueltas y se concentraba tanto en el dolor de su pierna, que alguna que otra vez se sumió en una especie de estado de semi inconsciencia sin poder evitarlo. Incluso cayó al suelo mientras intentaba caminar, pero no recordaba como volvió a ponerse en pie. Por ello, ver el sol brillar a través de la densa capa de nubes grises, le provocó una confusión enorme. Recordaba todo lo que había pasado, tanto los gritos como los golpes. Pero no alcanzaba a saber... cómo diantres había acabado así.
Tenía las manos atadas tan fuertes, que la cuerda que rodeaba sus muñecas había comenzado a hacer roces sobre su piel que ardían como si se tratase de cuerdas de fuego. Sus pies trastabillaban al caminar, sobre todo porque se movía con la fuerza de uno solo, mientras que con el otro, el de la pierna herida, hacía el apoyo suficiente para no caer y después lo arrastraba. Por último, en su campo de visión sobresalía una porción de piel de su mejilla, una prominencia que le molestaba y que estaba hinchada. No le hacía falta verse en un espejo para saber que debía tener la mejilla hinchada y amoratada. Qué diantres, incluso la boca le sabía a sangre. Por eso, cuando escupió, sus captores la miraron.
Caminaban frente a ella. El hombre sujetaba la cuerda que sobraba de su agarre, tirando de ella como si fuese un animal cazado. La chica, sin embargo, se limitaba a lanzarle miradas preocupadas, incluso lastimeras. Ya habían mirado así antes a Nora, de una forma idéntica. Prácticamente, estaba acostumbrada a todo lo que le había ocurrido. Sabía que era recibir golpes, salir herida de una misión y que la miraran con ojos lastimeros y preocupados. A lo que no estaba acostumbrada era a ser maniatada y capturada de aquella forma, a no escapar, a que las cosas hubiesen escapado de su control tan rápido. Quizá por ello, la ansiedad se apoderó de su pecho. 

— ¿A donde me lleváis? — preguntó con pesadez. Sentía que la saliva estaba espesa en su boca, o que tenía la lengua demasiado grande. El golpe en la cara le había afectado más de lo que sospechaba. 
— A sacar provecho de ti, maldita sea. De alguna forma vas a pagar lo que nos has hecho — explicó el hombre, a quien Nora recordaba que habían llamado Jack. Su voz sonaba horrible, furiosa y casi tronante. La mujer intentó poner sus ideas en orden a pesar de que la cabeza aún le daba vueltas. Fuera como fuese, tenía que escapar y volver con Jacob, de forma que tenía que concentrase en zafarse de aquellos dos. Y si físicamente no podía, tendría que hacerlo con las palabras. 
— Tenía hambre... y frío — mintió la chica. Compuso un tono lastimero digno de mención. Al fin y al cabo ¿Quien no tenía hambre y frío? — Yo sólo quería descansar... había... había latentes en el bosque — insistió.
— ¿Ah, sí? — cortó Jack. — Tenías comida en la mochila, incluso agua filtrada, e ibas armada. Nada que indique que pasabas hambre o que estabas en peligro.
— Digo la verdad — consiguió decir con voz más clara. — Llevaba días caminando. Necesitaba parar y no quería hacerlo en el bosque ¿No lo entendéis? 
— ¡Cállate! — El hombre dio un tirón a la cuerda, de forma que Nora cayó al suelo tras poner el pie herido en éste. Soltó un grito aterrador. La sensación era parecida a la de tener un par de clavos hincados a cada lado, sobre el tobillo. Rompió a sudar de forma descontrolada mientras se sujetaba la pierna. ¡¿Como iba a escapar así?!
— Deberíamos parar — dijo de pronto Sarah, la chica, deteniendo el paso.
— Déjala. Se pondrá en pie otra vez, como lleva haciendo toda la noche. 
— Pero estoy cansada yo también. Quiero descansar — La voz de Sarah sonó algo autoritaria y segura. Suficiente como para que Jack guardase silencio e hiciese lo que pedía. Arrojó su mochila al suelo y bufó, quejumbroso. De cierta forma, Nora pudo suspirar aliviada. Ella también necesitaba parar.

Seguían en el bosque. Un rápido vistazo a su al rededor bastó para comprender que así era. Estaban rodeados de árboles de considerable altura, pero con son el suficiente espesor como para que dotase a la zona de una oscuridad notable. Los troncos eran blanquecinos, y estaban dispuestos de forma bastante separada. No era una zona espesa, por lo que Deadman Shore Capital no debía estar muy lejos.
Sarah se sentó sobre el suelo tras emitir un enorme suspiro, algo cansado y acompañado de una tos algo profusa. No tardó en echar mano a su cantimplora para beber un sorbo de agua. Al verla, Nora sintió la garganta enormemente seca. A sus espaldas tenía su mochila colgada, pero por el poco peso que sentía, debía estar vacía. — Tengo sed — informó. — ¿Donde está mi agua?
— ¿Tu agua? — se carcajeó Jack. 
— ¿Vais a robarme? — preguntó consternada.
— Tú ibas a hacerlo. Peor, ibas a dispararnos — señaló. 
— ¡Porque tú me habías pegado una paliza antes! — Nora se incorporó como pudo sobre el suelo, apuntando con el dedo al hombre. — Maldita sea, ya os he dicho que sólo quería refugio. Si entré con el arma fue porque no sabía qué iba a encontrarme dentro. Podríais haber sido traficantes, violadores o... yo que sé — se explicó. — Soltadme, por favor. 
— Y una mierda.
— No quería que vuestra casa se destrozase por completo ¡¿Por qué iba a querer destruir un techo en el que dormir?! — añadió. Y aquello, al menos, lo dijo en serio. Prender la vivienda había sido un accidente que preferiría no haber cometido. — ¿Qué hubierais hecho en mi lugar? Si tuvieseis hambre y frío, si llevaseis días sin caminar... y encontraseis una casa en mitad del camino ¿No habríais entrado? — la pregunta iba dirigida a ambos, pero a quien miraba era a Sarah. Estaba claro que era el punto débil de la pareja, a quien debía atacar para salir victoriosa. 
— Yo...
— No la escuches, Sarah. No te fíes ni de ella, ni de nadie — cortó Jack la situación. — Y tú, deja de hablar o te parto la boca —. Para enfatizar su amenaza, hizo un gesto con la culata de su arma. Nora le lanzó una mirada que pretendía fingir miedo. — Cuanto más ruido hagamos, más alertaremos a los latentes. Y ten por seguro que si nos atacan, a ti va a ser a la única que van a probar ¿Me has oído? —. Ésta vez la chica apartó la mirada. Con ese hombre no podía tratar.

Nora se arrastró hasta una piedra. Era pequeña e irregular, pero al menos pudo descansar la espalda sobre ella. Aprovechó para mirar la herida de su pierna. En efecto, tenía dos cortes limpios y profundos que no paraban de sangrar. El cepo se había hincado en su piel como lo haría con cualquier animal. Ya juzgar por el dolor que sentía... caminar con normalidad iba a llevarle demasiado tiempo. Eso si la herida no se infectaba antes. Con un suspiro, acabó volviéndose a vendar la herida con toda la suavidad que pudo. Las tapó con el bajo de su pantalón y rezó a los cielos para que sanase lo más rápido posible.
— Dale agua a la chica, Jack. Si se queda en el camino, no nos va a servir de nada — pidió Sarah. — Sabes que no se puede vivir demasiado tiempo sin agua. — Como parecía ser costumbre, el hombre obedeció. Abrió su mochila y sacó la cantimplora de la mujer, la cual arrojó con desgana hacia la dirección de ésta. 
— Tengo las manos atadas.
— Ingéniatelas —se limitó a decir él. Nora, como pudo, sostuvo la cantimplora hasta colocarla entre sus muslos. Aprovechó la sujeción para abrirla y lentamente, la volvió a coger para llevarla hasta sus labios. Jamás el agua le había sabido tan bien como aquel momento.  Apenas dio un par de sorbos, a sabiendas de que debía reservarla hasta volver a la base de Jacob. Para cuando cerró la cantimplora, se percató de que Jack seguía rebuscando en su mochila. Estaba contabilizando todo lo que le había quitado. — Una pistola, munición... un cuchillo, agua, dos latas de conservas... — enumeró. — Una muñeca de trapo — añadió con extrañeza. — Y una radio —. Casi se le había olvidado aquel aparato. — Así que además de todo, estas con gente. Os comunicáis con esto, me imagino. ¿Que pasa si pulso el botón? ¿Quien me responderá al otro lado? — preguntó con vacilación en la voz. Nora se puso tensa, como un resorte. Tragó saliva y... comenzó a fingir.
— Jack, no lo hagas. ¿Y si viene más gente y nos encuentra? ¿Y si la buscan? — preguntó Sarah con temor. 
— No va a responder nadie — admitió la chica. — No hay nadie al otro lado.
— ¿Ah, no? ¿Y por qué tendrías una radio inútil? — continuó él. 
— Porque es un recuerdo. Y si no me crees, pulsa el botón. Nadie va a contestar. No hay... nadie — comentó con dolor.
— ¡Jack, no! — gritó Sarah segundos antes de que el hombre pulsase el botón. 
El silencio fue bastante incómodo. Tal y como Nora supo que Jacob reaccionaría, al otro lado no hubo sonido alguno. Ni si quiera cuando Jack preguntó si alguien le estaba escuchando. Jacob nunca, jamás, hablaba con nadie. El protocolo era así de sencillo. Sólo respondía ante sus hombres y mujeres, y nunca era él quien efectuaba la primera llamada. Así evitaba que nadie le encontrase, que nadie supiese de él, que fuese como un fantasma. Y lo mejor era que gracias a aquel acto, ahora Jacob sabía que algo le había pasado a Nora. Quiso sonreír, pero evidentemente no pudo, pues aun tenía un papel que cumplir. Reprimió todo impulso de alzar la comisura de su labio y aguardó. 
— Ya te he dicho que no iba a responder nadie — volvió a decir. — Es un recuerdo de mi pareja. Lo usaba para comunicarme con él, pero... ya no está — hizo una pausa. — Tener esa radio me consuela. Es como si... pudiese volver a hablar con él. A veces... hablo sola con la radio, como si me escuchara y... — tragó saliva una vez más. — Qué tonterías estoy diciendo. 
— Lo siento mucho — murmuró Sarah, algo avergonzada por lo que acababa de ocurrir. Jack, sin embargo, no cambiaba su semblante.
— Por favor, soltadme. Os he dicho la verdad... Estoy sola — murmuró, imitando el tono de la chica.
— Es que... — intentó volver a hablar Sarah — Ahora estamos... perdidos y... comprende que....
— Sarah — la alertó el hombre, intentando detenerla.
— ¿Cómo te llamas? — preguntó a Nora, haciendo caso omiso. La mujer quiso responder, pero no pudo. Jack agarró del brazo a Nora y la arrastró hasta apartarla de su pareja, a pesar de las quejas. 
— Ya está bien. Basta de hablar. Sarah, tú descansa — la miró. — Y tú, zorra, no hables más con ella ¿Me oyes? Una palabra más y te rajo el cuello — la amenazó por última vez. Nora decidió callar. A fin de cuentas, con suerte pronto saldrían a buscarla. Ahora escapar iba a ser más fácil.

Agachó la cabeza y obedeció, cumpliendo con el papel de chica indefensa y obediente. Sin embargo, volvió a mirar a Sarah una vez más con ojos suplicantes. Quisiera o no, esa chica estaba intentando comprenderla... y la iba a ayudar.



La noche, en principio, había sido de lo más tranquila. Arthur estaba tumbado en el colchón que tenía por cama en el suelo junto a Sarah, su pareja, por así decirlo. La chica a esas alturas estaba durmiendo plácidamente, o al menos todo lo plenamente que se podía dormir cuando cada minuto de tu vida peligra por el mero hecho de existir y más aún sumándole una grave enfermedad contraida por los disturbios que sufría el mundo. De vez en cuando el hombre podía oir la respiración de la joven un poco agitada, como si le faltara el aire, pero ella no se despertaba. En mitad de una tenue oscuridad apenas iluminada por una leve llamita de un farol de aceite que encontró tiempo atrás, la miraba con ojos apenados. Sentía una enorme y profunda lástima por la joven, pues era precisamente joven y con creces, en todos los sentidos. Era inocente, pura y confiada hasta cierto punto. Lo que vulgarmente muchos idiotas románticos llaman una chispa, un halo de luz en mitad de una cegadora tiniebla insondable. Para Arthur, no era del todo así. Era su pareja, sí. La quería por supuesto, pero sentía como dentro de él su corazón se cerraba en torno a un alambre de espino para no sufrir por su eventual pérdida. Aún así, le costaba imaginar un nuevo día sin su compañía. Tras muchos e incansables esfuerzos por no sentirse falto de contacto humano, el convivir con ella día a día durante unos años había logrado hacer un ápice de mella en él. Toda esa amalgama de pensamientos era una nube de ruido incesante que no le permitía conciliar el sueño con facilidad, pero mirándola, en silencio, poco a poco sentía que sus ojos se venían abajo. Hasta que oyó el estruendo.

Como un vendabal, Arthur se levantó de la cama despertando a Sarah debido a su celeridad. El hombre se armó velozmente con un revólver que guardaba bajo el colchón y lo amartilló para preparar el primer disparo para posteriormente entregárselo a Sarah -Toma, rápido- le indicó.
-¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?- preguntó la chica alterada, irrremediablemente medio dormida.
-Alguien ha entrado- dijo mientras salía velozmente a girar la esquina que daba a la entrada de la casucha que se había montado con sus propias manos. Allí, en la oscuridad, había un enorme saco que había llenado de tierra y piedras para colgarlo posteriormente del techo, atado a una cuerda que habría sido accionado al cerrarse el cepo en torno a la pierna del desconocido que se había atrevido a entrar -¿Quién va?- preguntó Arthur, gruñendo, acercándose al saco para apartarlo y descubrir al transgresor. No se sorprendió demasiado al ver a una joven con pocas pintas de peligro aturrullada tras el impacto del saco y con la pierna sangrando debido al cepo. Se dolía profusamente, como Arthur planeó. Poco le importó al hombre que fuera una mujer, su edad o lo herida que estuviera. Con el ceño fruncido y bufando como un toro lleno de furia, se dejó caer lentamente sobre ella.
-Me duele- se quejó la chica, apretando los dientes.
-¿Sí?- gruñó Arthur -Pobrecita- con fingido tacto, le tomó la cabeza por la nuca para levantársela un par de centímetros -Déjame que te ayude- acto seguido, le lanzó un enorme puñetazo a la cara a la par que soltaba su cabeza, de manera que esta, al recibir el impacto, restallara de vuelta contra el suelo agravando el daño. Tal fue el golpe que no le nació siquiera un grito a la chica.
-¡Jack!- le llamó Sarah, que miraba la escena consternada -¡No, para!-
-Le voy a enseñar a esta zorra a por qué no debe entrar en casas ajenas...- de nuevo, Arthur, falsamente llamado Jack ante desconocidos, volvió a repetir el proceso. Bastó un segundo puñetazo para que una marca morada se empezara a discernir en la piel de la chica, en el pómulo izquierdo bajo el ojo. Desorientada y entumecida por los golpes, Nora se quedó inmóvil en el suelo cuando Sarah apartó a Arthur a la fuerza de la inmóvil allanadora.
-¡Basta, por favor!- tosió la joven Sarah por el esfuerzo -Por favor...-
-Es una asaltadora- rugió Arthur -Es nuestra casa, Sarah. No puedo dejarla vivir-
-Es una chica joven. Seguramente tiene hambre ¡Por favor no le hagas más daño!-
-No hago excepciones, Sarah-
-¡Hazlo por mí!- suplicó -Al menos sueltale el cepo, no soporto... verle la pierna así. Mucha sangre- añadió a la súplica. Arthur bufó pesadamente y contempló por un instante a la incapacitada asaltadora que apenas movía la cabeza tratando de reubicar su mente.
-Está bien...- movido por la molesta compasión que siempre le despertaba Sarah, Arthur abrió el cepo y lo desarmó, apartándolo a un lado. La pierna de Nora sangraba profusamente y la herida era lo bastante severa como para asegurar que no iba a huir a ninguna parte.
-Ponle esto- Sarah entregó a Arthur unas vendas viejas. El hombre identificó que eran de su suministro personal.
-Estás de broma ¿Qué mosca te ha picado, mujer? Esto es nuestro-
-Por favor- pidió de nuevo. Esa era la razón, pensaba Arthur. Esos ojos, ese rostro de ángel castigado en el infierno. Maldita fue la hora en la que decidió llevarla con él y darle cobijo. En la que permitió que ella lo viera como su pareja. En la que dejó que ella pudiera sacar lo poco de humano que quedaba de él.
-Maldita seas...- Arthur tomó las vendas y comenzó a colocarlas en torno a la pierna de Nora, que parecía espabilar por momentos.
-Eres un encanto- sonrió apagada Sarah.
-Y tú un incordio- ante las palabras de Arthur cualquiera se habría sentido ofendida, pero Sarah no. Sabía que él era así. Sabía que se estaba quemando por dentro por perdonarle la vida a la asaltadora y eso ella lo valoraba: que lo hiciera por ella, porque se lo pedía. No había ni una sola persona en el mundo a parte de Sarah a la que Arthur hiciera caso, ni aunque suplicasen.
-¿Hola?- Sarah se inclinó un poco sobre la confusa Nora, apartándose el cabello de la cara con un gracioso gesto para que no se lo tapara -¿Me oyes?- Nora movía la cabeza de un lado a otro, empezando a sentir el dolor de los golpes en el rostro tras la conmoción.
-¿Qué...?- llegó a mascullar.
-¿Por qué has entrado en nuestra casa? ¿Tienes hambre?-
-No contestes por ella- le recordó Arthur.
-Déjame a mí, por favor-
-Yo... Auch...- Nora se llevó una mano a la cara, dolorida. Luego gritó de dolor cuando Arthur cerró la venda con fuerza en torno a las heridas de la pierna. Lo hizo queriendo, para terminar de espabilar a la saqueadora. La reacción natural de Nora fue agitar las piernas y terminó por patear a Arthur, desestabilizándolo y arrojándolo al suelo.
-¡Cálmate, cálmate! Ha sido solo la herida- indicó Sarah.
-¿La herida?- gruñó Arthur poniéndose en pie -Debería cortarle las piernas y ahorrarnos estos problemas-
-¿Me oyes mejor ahora?- preguntó Sarah viendo como Nora se incorporaba lentamente, sentándose en el suelo aún con las manos en la cara. Sentía cómo el habitáculo le daba mil vueltas en círculos entre todo lo sufrido en apenas un minuto. La espalda le dolía horrores debido al saco de tierra y piedras, la cabeza por los golpes y la pierna ardía por la herida -¿Estás mejor?- Sarah cometió el error de apoyar su mano en el hombro de Nora, que la hizo saltar como un resorte. Mostrando fortaleza, más de la que esperaban de una chica como ella, se puso en pie a pesar de la pierna y la conmoción. Sarah retrocedió debido a la repentina reacción de la chica y Arthur la agarró de los brazos para que no se moviera.
-Quieta ahí ¿Dónde coño crees que vas?-
-Sueltame- ordenó Nora, mirando a Arthur aún sin dibujar del todo bien su rostro.
-¿Vienes sola? ¿Viene alguien más contigo?- la zarandeó violentamente.
-¡Que me sueltes, joder!- haciendo acopio de fuerza, Nora se zafó de Arthur. El hombre no tuvo tiempo de admitir que subestimaba la fuerza de la chica. A juzgar por ello, no era una ladrona ocasional. Debía de llevar una vida bastante ajetreada para poder reaccionar así.
-¡Ven aquí, joder!- debido a que la casucha de Arthur no era demasiado grande, apenas tuvo que estirar el brazo para agarrarla de nuevo antes de que tratara de abrir la puerta y tratar de marcharse. Al sentir el brazo de Arthur, la chica volvió a agitarse. Ambos forcejearon un instante ante la perpleja mirada de Sarah, que no reparó en que con los aspavientos de los brazos de la chica, golpeó sin querer una de las lamparillas de aceite con la que iluminaban la casa. Debido a la gran cantidad de madera con la que estaba hecha la casa y trapos que usaban para diversas cosas, el fuego no empezó a extenderse en cuestión de segundos. La pelea de ambos contendientes cesó al instante -Mierda... Mierda, mierda, mierda-
-¡Jack!- clamó Sarah.
-¡Sal! ¡Sal afuera, vamos!-
-Pero...-
-¡Fuera!- Arthur empujó a Sarah hacia fuera y también a la desconocida -¡Que no se vaya!- para asegurarse, a la vez que empujaba a Nora, le dio una patada en la herida para que no pudiera mantenerse en pie durante un instante, haciéndola gritar. Acto seguido, Arthur intentó en vano conseguir salvar algunos útiles como armas, medicinas o comida, pero fue imposible. El hogar era demasiado pequeño y además contaba con explosivos guardados que no tardarían en estallar, de manera que tuvo que salir de inmediato y custodiar a Sarah y a la herida Nora hasta unos cuantos metros de distancia. En apenas un minuto, la casa estalló en pedazos en una enorme bola de fuego debido a los explosivos y la polvora de las municiones. El silencio se rompía solo por el furioso crepitar de las llamas del incendio.
-Dios...- musitó Sarah
-Mi casa... mis armas... mis suministros...- balbuceó Arthur, con el rostro macilento y mirada perdida. Los quejidos de Nora por el dolor de su pierna fue suficiente para sacarlo de su estupor, haciendo que la mirara -Voy a matarte, pequeña hija de puta. Te voy a hacer pedazos con mis propias manos-
-¡Para, para!- Sarah lo detuvo, poniéndose ante Nora -Está herida y ha sido un accidente. De no haber sido por el forcejeo...-
-¡De no haber intentado allanar nuestra casa y robarnos o sabe Dios qué intenciones traía!-
-Pero...-
-¡Se acabó, Sarah!- rugió -Basta de ser hermanitas de la caridad ¡Si no disparas antes, te disparan!- Sarah bajó el rostro. No le gustaba que Arthur le gritara. Estaba acostumbrada a verle de mal humor y sabía las cosas horribles que hacía cuando salía a realizar sus "trabajos", pero a ella siempre la trataba bien. No quería ser una más, una simple y sencilla persona a la que despreciar.
-Levanta las manos...- se oyó de pronto tras Sarah. Ambos miraron a Nora para ver que esta empuñaba una pistola.
-Lo sabía...- gruñó Arthur
-¡Las manos...!- exigió la ladrona armada, protegiéndose más que tratando de hacerles daño. Era necesario encañonarlos si quería huir, aunque con la pierna así...
-Eh, no vamos a hacerte daño. Baja el arma- indicó Sarah.
-Y una mierda...-
-Déjalo, Sarah- masculló Arthur.
-Vamos...- insistió Sarah.
-Que no te acerques, coño- debido al movimiento de Sarah, Nora trató de ponerse en pie por completo para comenzar a alejarse, pero el dolor de la pierna aún mezclado con algo de dolor de espalda y de cabeza le hicieron mella. A Sarah le dio tiempo de desarmarla en ese preciso instante, agarrando la pistola y empujando el cuerpo de la chica con el hombro. Era joven, inexperta y estaba enferma, pero vivía con un buen maestro que le había enseñado a protegerse de forma básica contra atracadores inexpertos. Afortunadamente, la mayoría solía ser gente desesperada que no tenía ni idea de cómo usar la prudencia. En el caso de Nora, realmente tuvieron suerte de que estuviera herida.
Al caer esta y la pistola reposar en el poder de Sarah, Arthur suspiró y se acercó a la ladrona para pisarle furiosamente la pierna herida, haciéndola gritar de agonía.
-¿Ibas a disparar? ¿Te atreves a apuntarnos después de jodernos la vida, maldita desgracia humana?- aplastó aún más con la bota la herida de Nora. La venda se llenó de sangre al punto de que empezó a calar. Esta vez Sarah no podía hacer nada ¿Con qué cara le pedía clemencia a Arthur si los había encañonado y acababan de perder la casa? La escena estaba tristemente iluminada por el mar de llamas que rugía a metros de ellos -Voy a disfrutar despedazándote- dijo con ganas y cierta alegría. Tenía una inmensa necesidad de desquitarse, pero entonces a Sarah se le ocurrió una idea.
-¿Y si le sacamos partido en lugar de matarla?-
-¿Otra vez con tu piedad? He dicho que se acabó- Arthur la señaló con el dedo, acusador.
-No es piedad. Es solo... que viva nos vale más que muerta- Sarah encogió ligeramente los hombros. No estaba en su personalidad discutirle a nadie. Menos aún a Arthur.
-Valor...- Arthur miró a Nora. La estudió detenidamente. Juzgándola con ojos de hombre, debía admitir que era guapa pese a estar sucia y ensangrentada. Y bajo la ropa se adivinaba un cuerpo bastante atractivo. De hecho, pocas veces o casi nunca había visto a una mujer tan bien cuidada. Tan hermosa a nivel físico -Quizá tengas razón... Podemos sacar bastante por ella-
-Claro. No es necesario arrebatar más vidas. Al menos no delante de mí...- suspiró Sarah.
-En ese caso...- Arthur se apartó de Nora y se acercó a las llamas. La explosión había regado retazos de lo que fue su hogar que aún no habían comenzado a arder. Afortunadamente para el hombre, pudo encontrar un pedazo de soga con la que colgaba el saco en la entrada. Le serviría para amarrar los brazos de la chica, de manera que no pudiera intentar ninguna tontería. Además, debían darse prisa. Mientras la ataba, Sarah puso una mano sobre el hombro de Arthur
-¿Lo oyes?- preguntó en baja voz. Arthur aguzó el oído. Hasta Nora lo hizo pese al enorme dolor. La explosión, las voces y los gritos de dolor de la ladrona habían llamado la atención de indeseables. Gañidos, gruñidos y siseos se oían cada vez más fuerte en las oscuras arboledas y horizontes nocturnos.
-Mierda. Vamonos- ordenó Arthur -En pie, muñeca- dijo obligando a Nora a ponerse en pie pese al dolor de la pierna acrecentado por la violencia del hombre -Vamos a Deadman Shore Capital- dijo a Sarah -Con suerte podremos encontrar a Diablo allí- Sarah asintió, imaginándose lo que Arthur planeaba. Pese a la herida de Nora, se pusieron en marcha con celeridad. La muerte les acechaba incansable en la oscuridad.

martes, 9 de junio de 2020

En la soledad de su habitación, Nora se abrochó los cordones de los zapatos. Las botas raídas que vestía desde hacía años estaban algo agujereadas por las puntas, aunque no lo suficiente como para dejar sus calcetines al descubierto. Supuso que a la vuelta pediría a Jacob un par nuevo. Por suerte, no necesitaba nada más.
Al ponerse en pie y mirarse en el espejo alargado y quebrajado que tenía colgado en la pared, descubrió su figura duplicada tantas veces como rajas contenía el cristal. Su semblante serio era tan frío que rivalizaba con el clima exterior, y su cara estaba tan blanca que parecía nieve. ¿A caso estaba nerviosa? Hacía ya varias semanas que no salía a buscar suministros, y a veces, el bajar la guardia le jugada malas pasadas. Sentía que cada día que pasaba el mundo podía llegar a ser más peligroso, de modo que estaba totalmente segura de que cumplir con la misión sin correr riesgos iba a ser, de nuevo, imposible. Sin embargo, por Jacob estaba dispuesta a hacerlo todo. Y más. 
Tomó su abrigo de color verde, forrado en su interior de pieles que hacía ya unos años habían podido encontrar, y tras colocárselo, tomó del suelo la vieja mochila que portaba hasta donde su mente recordaba. Estaba llena de parches cosidos por ella misma, así como manchas de a saber qué. Pero prefería no perderla porque era lo único que le quedaba de lo que una vez fue. Algo así como un aviso constante de lo que había perdido y a la vez ganado con el paso de los años. Un recuerdo para no fallar.

Al salir de la habitación, se topó con un grupo de hombres que charlaban despreocupadamente. Los conocía desde hacía mucho tiempo, así que cuando todos le lanzaron una miradas cargadas de desagrado, no le extrañó. Le tenían envidia desde que Jacob ordenó que se construyese una cabaña más entre todas las que ya ocupaban el pequeño recinto en el que se escondían. Se la había ganado, por supuesto. Había trabajado más que ningún hombre, incluso cuando aún no tenía la experiencia para hacerlo. Había traído suministros, alimentos y medicinas para todos en innumerables ocasiones, por lo que fue recompensada con la privacidad y la intimidad que una habitación para ella sola podía proporcionarle. Y claro que no había espacio para todos, así que muchos seguían durmiendo pegados a otros, sobre colchones apilados en el suelo. 
— ¿A donde vas, Nora? — preguntó uno de ellos. Los pasos del grupo se oyeron a espaldas de la chica mientras la seguían cuando ella ya había pasado de largo. 
— A trabajar. Jacob quiere más reservas, por lo que pueda ocurrir — informó ella sin más, sin detenerse. La puerta que separaba al escondite del bosque en el que habitaban estaba cerca, construida por vallas metálicas que se desplazaban con fuerza bruta, para evitar visitas indeseadas.
— ¿Tú sola? ¿Otra vez? —preguntó otro de ellos, de forma que la mujer comenzó a exasperarse. — 
— Si tienes alguna queja, ya sabes a quien tienes que decírselo — cortó de forma tajante. — Ahora, abrid la puerta. Un par de hombres se adelantaron hasta llegar a la misma. Haciendo acopio de fuerza, e incluso en una especie de demostración, consiguieron que la puerta se desplazase tras emitir un sonido chirriante, metálico y desagradable que hizo que todas las aves de la zona volasen espantadas.
— Tranquila, tampoco me muero de ganas de que los latentes me alcancen — se burló el primero.
— Vas lejos ¿Verdad? — preguntó uno de los que movieron la puerta — Jacob quiere empezar a sobrepasar los límites que teníamos hasta ahora. Toca jugarse la vida ¿eh? — insistió en tono burlón.
— Una lástima que no estemos para ayudarte.
— ¿A caso creéis que necesito vuestra ayuda? — preguntó con desagrado. — Creo que Reed os está comiendo la cabeza más de la cuenta,
— Bueno, al fin y al cabo, tu ya no eres una niña. ¿Como te lo estás montando últimamente? ¿Te pones de rodillas antes de robar? — aquel comentario hizo que todos comenzasen a carcajearse sonoramente. — ¿Haras favores para metértelos en el bolsillo? — insistieron. — ¿Me harías uno a mi? — No se lo pensó dos veces antes de estampar su codo en el costado de aquel capullo. Estaba más que acostumbrada al desprecio, pero no iba a dejar que la insultaran. Tal fue la fuerza con la que se defendió, que el hombre comenzó a toser de forma profusa y a acariciarse la zona. — ¡Seras zorra!
— Qué más quisieras — terminó por decir, justo antes de cruzar los límites del asentamiento y poner los pies en el exterior, donde ella misma se encargó de empujar con enorme esfuerzo la puerta. Estaba harta de todos ellos.

¿Podía considerarse una bocanada de aire fresco el respirar un ambiente que estaba a todas luces corrompido? En aquel momento, para Nora, sí.
Echó a andar como de costumbre, sabiendo que no detendría los pasos hasta bien entrada la noche. Estaba tan hecha al terreno, a las raíces, al fango, a la lluvia y la nieve, que sus pies apenas se resentían. Su cuerpo se sumía en un protocolo constante en el que las piernas se movían de forma autónoma, casi sin orden, mientras que la mente se ocupaba en pensar, divagar y reflexionar sin dejar de estar alerta. Pero, por desgracia, aquel día iba a ser complicado llevar a cabo aquella función. Para su disgusto, las palabras de los hombres de Jacob habían calado en ella más de la cuenta porque tenían razón. Ya no era una niña.
Cuando tenía catorce años, robar era algo sumamente fácil. Cualquier grupo de errantes, cualquier asentamiento e incluso cualquier persona solitaria a la que se encontrase, se apiadaban de ella con rapidez. Su rostro desprovisto de maldad alguna, sus ojos claros y sus pecas graciosas la ayudaban a conseguirlo, pero nada comparado a la idea de que apenas quedaban niños en aquella época. Le daban de comer, le proporcionaban cobijo e incluso la conducían a lugares donde se hallaban almacenes de suministros y víveres, todos deseosos de cuidar a la que creían un ser único y esperanzador para la humanidad. A partir de ahí ella sólo tenía que robar, volver corriendo a los brazos de Jacob e indicarle los lugares en los que podían ir a saquear mayores cantidades de material de ser el caso. Era buena, muy buena.
Pero ahora, con veintiséis años, ya no había quien la quisiese a su lado. Se había convertido en una mujer, como todas las demás. No tenía nada especial, nada que le diese un pase libre en cualquier lugar para después saquear. Ahora todo era más difícil. Tenía que robar de forma violenta, y a veces, incluso empuñar un arma. No estaba siendo tan útil como antes y temía que aquella situación fuese peor, que Jacob dejase de necesitarla y que ella nunca consiguiera pagar todo lo que le debía. Que la repudiase. Que la echase... 
Se obligó a agitar la cabeza por un momento. Con aquellos pensamientos estaba segura de que nada iba a salir bien, o peor aún, bajaría la guardia y algún latente le agarraría los pies. Al menos, estaba segura de que en el bosque que habitaban, no había demasiados. Las idas y venidas constantes de todos los hombres y mujeres de Jacob hacían que la limpieza de la zona fuese constante, aunque a veces surgiesen oleadas inexplicables. Tan inexplicables como la época en la que le había tocado vivir.

Al caer la noche, los límites de los dominios de Jacob empezaban a desdibujarse. Más de veinte kilómetros a la redonda estaban ya más que saqueados, controlados y desprovistos incluso de supervivientes que pudiesen pasear por allí. Sin embargo, lo que hubiese más allá aún era desconocido para todos. ¿Alguna vez había estado más lejos? Estaba segura de que sí, pero apenas lo podía ver con claridad en su mente. Sus recuerdos eran tan difusos, que sabía que trabajar en ellos era una pérdida de tiempo. 
Pudo optar por dormir. Había estado caminando desde hacía rato en paralelo a una carretera principal, y ahora, tenía un edificio ante sus narices, uno de esos en los que antaño los vehículos se recargaban. Sin embargo, optó por no hacerlo. Sí, tenía un techo y calidez a su disposición, pero si la experiencia le había enseñado algo era que la noche era el mejor momento para saquear. La gente dormía o directamente temía salir a causa de la oscuridad, por lo que encontrarse con indeseables durante el camino era algo poco probable. Estaba algo cansada pero... ¿Y si merecía la pena? 
Pasó de largo, dejando atrás el edificio y continuó su paso por el bosque, alejándose de la carretera. Ya estaba cerca de Deadman Shore. Pudo saberlo por la cantidad de basura acumulada que había conforme caminaba. Madera, plástico, metales, trozos de tela, latas vacías... indicios suficientes de que antes, cerca, había una ciudad. Y que posiblemente hasta no hacía mucho, o quizás aún, la gente había habitado en las antiguas casas y antiguos edificios del lugar. Sin embargo, algo captó su atención entre tanta basura. Había algo que hacía años que no veía, algo que estaba segura de que ya no existía... una muñeca. Era de trapo y estaba sucia y rota, pero no dudo en detener el paso para cogerla. La miró con enorme interés, reparando en sus ojos descosidos y su cabello destartalado. ¿Quien habría sido el último niño en jugar con ella? Con media sonrisa en la cara, la acarició. Pensar en niños era algo que producía cierta sensación de desencanto, de temor e impotencia, sobre todo porque estaba segura de que jamás volvería a ver uno en su vida. Los niños ya no existían.

Un gruñido la hizo ponerse alerta de inmediato. Guardó la muñeca en su mochila y extrajo un cuchillo largo del bolsillo. Caminó despacio, adentrándose aún más en el bosque en plena oscuridad. Apena veía unos palmos más por delante de ella, pero aquel sonido era inconfundible. Cerca había un latente. Se dejó guiar por los constantes gruñidos que emitía, así como los crujidos de sus pasos sobre la hierba. Finalmente, lo último que llegó hasta sus sentidos fue el olor, y allí pudo verle. Deambulaba sin rumbo fijo, perdido, como todos. Arrastraba los pies a pesar de que eran rápidos como animales y se aquejaba como si quisiese decir algo, aunque realmente estaban muertos. Nora se acercó con precaución por la espalda, y cuando lo tuvo cerca, se abalanzó sobre él. Clavó el cuchillo en su cuello las suficientes ocasiones como para que la cabeza acabase desprendiéndose y rodase por el suelo hasta la oscuridad. El cuerpo cayó al suelo y el riesgo terminó. — Que asco... — se quejó la mujer, sabedora de que ahora ella también olía mal y de que sus manos estaban manchadas de los fluidos de esa cosa. Las limpió como pudo sobre sus vaqueros y miró a su al rededor. Había andado más de lo que pensaba, pues frente a sus narices había una pequeña casa, construida a base de paneles metálicos y madera, que antes no había visto. Bingo.

Guardó el cuchillo para, ésta vez, sacar la pistola que Jacob le había cedido. Caminó más despacio aún si cabía conforme se acercaba al hogar. Por suerte, pudo ver que estaba rodeado de trampas. Los árboles que rodeaban la casa estaban unidos por un cordón que, de tocarlo, seguro que emitiría un ruido que alertaría a quien descansase en el interior o algo así. — Buena trampa para latentes, mala para personas — murmuró en voz baja. Sobrepasó los cordones sin mayor esfuerzo, sin rozarlos, de forma que quedó frente a la casa en menos de un par de minutos. La presencia de tantas trampas indicaba dos cosas. La primera, que el dueño era muy cuidadoso, y la segunda, que se quería proteger. ¿Y si quería proteger comida o medicinas? Razón de más para saquear. 
Tomó aire de forma concienzuda antes de abrir la puerta. Nunca le había gustado disparar, pero no siempre tenía opción. Sentía que aquella vez iba a ser una de ellas, en las que acababa disparando a las piernas y amenazando con asesinar a quien fuese. Por eso, con el arma en alto, terminó de empujar la puerta con suavidad. Dio un paso adentro y... un terrible dolor le atenazó la pierna. 
Gritó.
Después calló al suelo por la fuerza de un gran peso sobre ella.
Esta vez, la habían atrapado a ella.