jueves, 11 de junio de 2020

Con el fin del descanso llegó el momento de retomar el camino. Deadman Shore Capital no estaba demasiado lejos del punto en el que se encontraban, de manera que no les volvería a coger la noche a lo largo del camino. Arthur calculaba que llegarían cerca del ocaso debido al paso lento al que caminaba Nora, pero mejor era eso que nada. La circunstancia solo se complicaba por el hecho de que podían cruzarse con latentes. Claro, darse de bruces con ellos significaba dejar a la ladrona como cebo para que Sarah y él pudieran escapar, pero perdería por completo la posibilidad de obtener algún tipo de compensación por las pérdidas que había ocasionado. Detestaba tener que pensar en malgastar balas en protegerla cuando lo que de verdad le apetecía era poder darse el gusto de encajarle una entre ceja y ceja él mismo, pero qué remedio. La paciencia le daría frutos o eso quería pensar para no arrancarse la lengua de pura rabia.

Durante el restro de la travesía fueron avanzando con más velocidad o aminorando el ritmo según Arthur iba indicando mientras estudiaba los alrededores. Los restos o muestras de tierra removida parecía indicar que por allí habían pasado latentes o peor, se acababan de quedar enterrados bajo la tierra -Aún no me has dicho como te llamas- oyó decir a Sarah detrás de él.
-Nora. Me llamo Nora- contestó la prisionera.
-Yo soy Sarah-
-Me lo imaginaba- respondió sarcástica, ya que había oido el nombre varias veces. Al menos era educada y se presentaba formalmente.
-Callaos. Las dos- reprendió Arthur tanto a Sarah como a Nora -No es buen momento para hablar-
-¿Ocurre algo?- se preocupó Sarah. No era común que Jack le hablara con esa seriedad.
-No movais un músculo- masculló mientras se agachaba despacio y palpaba la tierra con los dedos. Como imaginaba, estaba ligeramente húmeda y prácticamente helada. Esa tierra llevaba poco tiempo en la superficie -Estamos rodeados...-
-¿Q-qué?- Sarah miró a todas partes al igual que Nora.
-Nos hemos metido de lleno en su territorio. Joder- gruñó, limpiándose la tierra suavemente en el pantalón y levantándose con la misma lentitud que con la que se agachó. Nora se imaginaba fácilmente a lo que el hombre se refería. Estaba más que acostumbrada a salir a distintos tipos de trabajos y misiones para Jacob y no era la primera ni sería la última vez que se encontraba con latentes en estado de hibernación -Escuchad, ambas...-
-Sé muy bien lo que tengo que hacer- respondió Nora de mala gana.
-¿Sí? Pues si tan lista eres empieza por bajar ese puto tono de voz- reprendió Jack con susurros airados -La más mínima vibración los hará salir. Estamos muy jodidos-
-Pero...- Sarah miraba al suelo en todas direcciones, tratando de discernir -Yo... yo no veo nada-
-Debemos ser los primeros en pasar por aquí durante un tiempo y están inactivos, pero están aquí. Me juego el cuello- Arthur meditaba como podían proceder mientras Nora miraba a un punto muy fijamente, extrañada. Arthur le siguió la mirada y encontró igual de curioso el fenómeno que la ladrona estaba contemplando: flores. Había un punto en concreto del que estaban brotando unas flores de colores vibrantes y hermosos, flores que nunca había visto. No le gustaba un pelo.
-¿Piensas igual que yo?- bufó Nora pesadamente.
-Cállate- ordenó Jack, sacando la pistola y cargándola con toda la suavidad que el arma permitía. El chasquido metálico que provocó cargar la primera bala hizo enrarecer el ambiente. Pudieron sentir prácticamente cómo la tierra vibraba bajo sus pies con ese simple y sencillo gesto -Sarah, ten- le entregó la pistola a su chica -Y tú, ven aquí- Arthur caminó con paso lento hacia Nora y se agachó ligeramente para cargarla en brazos. A la ladrona le costó no soltar un alarido de sorpresa, pues a saber qué estaría planeando ese tipo.
-¿Qué haces? ¡Bájame!- irritada, le costaba mantener al voz baja.
-¿Quieres morir?- gruñó Arthur -Creeme que preferiría dejarte aquí tirada, pero no me he metido en este embrollo para no ganar algo a cambio. Si vas a morir, prefiero matarte yo ¿Me oyes? Así que haz el puto favor de agarrarte y hacérmelo fácil- Nora mantuvo la boca cerrada, pero el ceño fruncido al igual que los labios. Para ella era tan desagradable como para él estar sobre sus brazos como una damisela en apuros, cuando ella sabía defenderse de sobra. De no ser por la herida en la pierna...
-Vamos ¿de acuerdo? Ya casi llegamos. A la de tres...- dicho y hecho, en lo que contó tres, Sarah y Arthur comenzaron a caminar prácticamente al unísono en el método que él desarrolló hacía tiempo: zancadas largas pero no demasiado, dejando caer el peso en el talón y después pasándolo a la punta, de manera que pudieran avanzar cubriendo una mayor distancia pero despacio y sin provocar impacto en el suelo. El problema es que a Arthur le empezaba a costar tras unos minutos cargando con Nora. El hecho de que no fuera un palo famélico le dificultaba ligeramente la labor, pero lo estaban consiguiendo. El silencio de la zona, sin embargo, era inquietante. Asfixiante. La más leve brisa les aceleraba el pulso pues el chasquido de las ramas o el murmullo de las hojas podría valer para que se alzaran los latentes en busca de alguna presa potencial, o si pisaban alguna piedra o si caía algún fruto o algo similar de algún árbol e impactaba en la tierra. Ninguno de ellos se libraba del dolor en la mandíbula de tenerla apretada, de la tensión en los dientes. El dolor de la pierna de Nora empezaba a compartirse con Arthur y Sarah debido a la tensión muscular de caminar de aquella manera, tratando de evitar los puntos donde la tierra estuviera ligeramente más oscura.

Afortunadamente, pudieron lograrlo sanos y salvos. Se alejaron con algo más de velocidad pero sin llegar a correr o sin pisar demasiado fuerte. Los tres se descubrieron respirando bocanadas de aire en cuanto se alejaron lo suficiente. Casi habían estado conteniendo la respiración todo el maldito tiempo y se sentían asfixiados. Arthur soltó a Nora de la peor forma posible, dejándola caer como si fuera un saco o un peso muerto. La chica se golpeó en la cadera de forma dolorosa, quejándose -Serás cabrón...- se dolía, acariciándose la cadera.
-Calla. Agradece que no te he dejado allí tirada-
-Sí, claro...-
-¿Qué eran aquellas flores tan extrañas que os llamó la atención?- quiso saber Sarah, llena de curiosidad por el hecho de que ambos identificaron algo que ella no.
-Eso...- Arthur miró a su chica -Bueno, la verdad es que no estoy sguro. Las he visto en el último año de forma salteada, nunca he sabido bien qué es pero son un tanto extrañas-
-Yo tampoco sé que son pero también las he visto. No me gusta que sean tan bonitas. Es extraño-
-Entiendo... Qué raro ¿eh? Parece que cada día vamos a peor...- se encogió de hombros Sarah.
-Así es el mundo que nos toca vivir- Arthur volvió a coger el amarre de la soga de Nora y pegó un tirón para que se levantase -Vamos, Deadman Shore Capital ya se ve desde aquí- señaló con la cabeza. Tenía razón. El asentamiento ya se veía en la distancia, apenas una docena de chabolas de chapa se apreciaba en la distancia.

Llamar Capital a ese montón de mierda y chatarra era pretencioso hasta decir basta, pero a cada cual sus fantasías. Union era, desde el punto de vista de Arthur, lo único que se podía considerar urbe o capital, dado que encima iba en aumento. Deadman Shore Capital no se diferenciaba de otro asentamiento con un número reducido de personas, pero destacaba por los demás por estar en una posición que facilitaba el encuentro entre personas además de estar en mitad de un llano medianamente despejado que permitía ver con facilidad la llegada de saqueadores o latentes. Se habían tomado además la molestia de construir un par de torres defensivas donde descansaban un par de tipejos con malas pintas con unos viejos rifles de francotirador para mantener lejos las amenazas. En resumen, no era una capital, pero era la más digna de llamarse capital en la región.

Era la primera vez que Sarah estaba en algún lugar que no fuera su casucha compartida con Arthur. Sí, antes de conocerle había estado viajando de aquí para allá con un grupo pequeño de errantes, pero rara vez se habían metido en asentamientos ajenos para evitar conflictos o tentaciones por parte de la gente con más recursos o armas. Dada la situación, le costaba no mirar con curiosidad todos y cada uno de los puestos que veía. Algunas de las viviendas contaban con una especie de mostrador donde los dueños de dichos habitáculos ponían a la venta distintos tipos de comida o utensilios para quien los quisiera comprar mediante un trueque. La mayoria pedía en carteles de madera o cartón pintado armas a cambio de cualquier cosa. Armas o munición siempre era lo más codiciado por todo el mundo. El único método de proteger la vida propia -Por aquí- dijo Arthur, arrastrando a Nora y guiando a Sarah entre un par de callejones. Sabía hacia dónde se dirigía, pues no tenía pérdida: el recinto más grande era su objetivo, allí donde se reunía toda la gentuza diariamente: la cantina, o lo que casi se le podía llamar así. Arthur sabía que servían una suerte de vinos adulterados que sabían a mierda, pero que a muchos les servía para adoptar cierta valentía debido al alcohol. Un vaso equivalía a una bala, de manera que muchos preferían sacrificar un cartucho por tener un buen rato de empinar el codo. Allí, en ese tugurio, Arthur sabía que encontraría a su hombre. Y no se equivocó.

En lo que apenas se sostenía como una barra, un grupo de tres individuos hablaban alegremente mientras degustaban esa orina de latente que Arthur no soportaba. Entrar en el arapiento antro era una tarea difícil para mujeres como Nora o Sarah, jóvenes y con atractivo. En cuestión de segundos captaron todas las miradas de los hombres y de más de una mujer allí presente. Hasta Diablo se giró cuando sus compañeros de charla lo hicieron, atrapados por la presencia de las muchachas -¡Válgame Dios, pero si es el bueno de Morgan!- Nora miró extrañada a Sarah ¿Morgan? ¿No se llamaba Jack? ¿Se llamaba Jack Morgan de completo?
-Viejo Diablo- asintió Arthur como saludo.
-¿Qué te trae por aquí, pendejo? Vaya buen par de regalitos que te traes ¿eh?- Diablo era de ascendencia mexicana, tierra extinta, como todas. Ya no existían nacionalidades, ni siquiera acentos. Toda una vida conviviendo entre el mismo grupo de gente, Diablo tenía el acento de uno más. En honor a sus padres y en el leve recuerdo de sus días de niñez en el que le acompañaron, al menos, mantenía la jerga de sus ancestros modernos.
-Busco un par de favores-
-No mames, ya quisiera yo también un par de favores- las miró a ambas.
-Ella es Sarah- señaló con el pulgar hacia atrás a su pareja.
-Ah, entiendo, entiendo. La intocable- Sarah ladeó la cabeza tras ese nombre -¿Y quién es la otra?-
-Una rata que me he encontrado. Me ha causado ciertos problemas. Ahora me pertenece-
-Puro macho ¿eh? Ahí con dos buenas hembras de las que gozar- rio alegremente, un poco ebrio.
-Voy a sacarle algo de renta, me ha dejado sin nada- gruñó -Diablo, eres el único con el que he trabajado codo con codo alguna vez, por lo que prácticamente eres lo más cercano a un amigo que puedo considerar-
-¿Te me vas a poner blando de pronto? ¿Qué pasa?- antes de contestar, Arthur miró a los tipos que lo acompañaban -Ah, de acuerdo. Váyanse un momento, muchachos. Estaré con vosotros en un instante- los hombres asintieron y se marcharon con sus copas de vino, dejando a solas a Diablo -Ya pues, hable wey-
-Esta desgraciada ha provocado un incendio en mi casa. Me he quedado sin refugio y sin suministros-
-¿Vienes por caridad?- se mofó divertido Diablo.
-Vengo a que me devuelvas el favor que me debes. Hace dos años, en Blind Cliff- recordó, entornando la mirada.
-Ay, qué memoria tienes, joto de mierda- poco a poco, Diablo empezó a reir -Yo casi ni me acordaba de eso-
-Ah, sí que te acuerdas- Arthur mostró una media sonrisa -Te vas a acordar toda la vida. Te faltó demasiado poco para palmarla allí. De no ser por mí ahora serías un latente-
-Un latente guapísimo- dio un trago al vino hasta acabarse la copa -¿Vamos a algún lugar tranquilo donde negociar?- pasó la mirada de Arthur hacia Nora, estudiándola con sumo interés -Sí... estoy deseando de negociar con usted, señor Morgan- sonrió maliciosamente.

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